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sábado, 9 de mayo de 2015

Indecisa - Capítulo 4 (Jazmín Romero)

CAPÍTULO 4
 
(Jazmín Romero)

    Era noche de martes, en tiempo de clases y a punto de llegar a la época de exámenes, pero Richard vagaba en su moto por las calles de un vecindario al azar sin importarle nada de eso. ¿Acaso lo iban a castigar cuando volviese a casa? Ojalá alguien, al menos, notara el momento en que él fuese a pasar por la puerta. El vivir solo con su hermano mayor Ryan era una ventaja a veces, más todavía si éste trabajaba de noche en un bar, pero no luego de días como aquél.
    Saber que le esperaba una casa fría y a oscuras, que además debía prepararse solo la cena y acostarse a mirar el techo de su habitación, sin que nadie le preguntara si se encontraba bien, no era la mejor idea de libertad adolescente. Así que se había desquitado conduciendo a gran velocidad por la autopista, aunque no tuviera edad para hacerlo. También había pasado por el puerto y luego regresó de vuelta al centro de la ciudad. Ni siquiera se había acercado a su hogar para cambiar su uniforme por algo más cómodo.
    Primero se había puesto furioso. Ella le había parecido tan dulce, tan inocente... y al final era el tipo de chica que se juntaba con sujetos como ese Jack. No pasaba de ser una más del montón, que se impresionaba por niños con pinta de malos. Decidió olvidarse de ella y hasta hubiese ido a buscar a Anna para terminar lo que ella había empezado en el cine el otro día, de no ser porque su mente lo traicionó y lo llevó en la dirección contraria.
    Cuando se dio cuenta, estaba parado frente a la casa de Jessica.
    Miró la hora, eran casi las once. El vehículo de la muchacha estaba aparcado en la entrada. Pensó que seguramente ésta no se había quedado con ese sujeto insoportable hasta muy tarde. Jessie no era de las que se metía en problemas. Y precisamente por eso le gustaba tanto. No sería tan simple dejarla de lado, pensó, tampoco estaba dispuesto a hacerlo. Seguiría insistiendo y esperaría el momento oportuno para volver a intentarlo con todo.
    De pronto, una de las ventanas del piso superior de la casa se encendió y, a través de las cortinas, pudo ver a alguien moviéndose de un lado a otro. Su corazón dio un vuelco. Imaginó a Jessica saliendo de la ducha, o en pleno proceso de ponerse un camisón pequeño... blanco... suave...
    Tenía que huir de allí. Si llegaban a pescarlo en la acera, aunque no pudiera ver nada de lo que ella estaba haciendo, iba a quedar como un pervertido.
    Aceleró y se perdió en la oscuridad, de camino a su casa fría y su cena sin preparar.
***

    La ventana de la habitación de arriba era la de Lucius, el padre de Jessica. Un hombre alto y de contextura delgada, que le había heredado a su hija los ojos de suave color miel. En una foto enmarcada, sobre la mesita de noche, sonreía la madre de la muchacha, con una melena tan oscura como la de ella y una expresión de felicidad que la inmortalizaba en los corazones de todos.
    —¡Te digo que había alguien en la acera, con su motocicleta detenida y apenas encendí la luz salió huyendo!
    La joven había entrado a la habitación con los ojos entrecerrados y enfundada en un largo pijama desteñido. Había querido acostarse temprano, pero el sueño no le llegaba.
    —Habrá sido tu imaginación, papá —lo tranquilizó, deseando volver a la oscuridad de su cama con rapidez—. Seguro fue alguien que pasaba.
    —Lo vi muy bien —insistió él—. Si hasta tenía el uniforme de tu colegio. Y se detuvo un rato largo frente a la casa.
    Aquello terminó de desperezarla.
    —¿En serio? ¿Viste, por casualidad, cómo era?
    —¡Lo sabía! Tienes una ligera idea de quién puede ser, ¿verdad? —gritó el hombre, pero de inmediato bajó la voz y adoptó un tono que dejaba entrever toda su preocupación—. Jessie, no le prometí a tu madre que te cuidaría para que termines así. Primero llegas tarde de una simple salida al cine, luego regresas de clases con un sujeto extraño en una Harley y más tarde te visita un pervertido de cabello rubio. ¿Qué está ocurriendo?
    —Ni yo lo sé —confesó la muchacha, luego de una pausa incómoda—. Lo siento. No volverá a ocurrir.
    —También te escuché llorar antes de anoche, pequeña.
    —Oh, no. Eso fue...
    —Sé que debo parecer entrometido, pero estas paredes son una porquería. ¿Recuerdas que quedamos en que había dos clases de problemas?
    Aquel trato lo habían hecho juntos, cuando regresaban de despedir a la mujer que los observaba eternamente hermosa, desde el retrato en la mesita. Era como un juramento sagrado, la fórmula que los protegería siempre de la distancia que podía existir entre un padre y su hija adolescente.
    —Sí, por un lado los que puedo resolver yo sola y por otro...
    —... los que debes contarme a mí —completó él, en un esfuerzo por reunir toda la comprensión del mundo—. ¿Tienes algo qué contarme?
    Jessica no era tonta. Sabía que aquel fin de semana había roto algunas reglas. Era consciente de que había ido en contra del sentido común el viernes pasado en ese aseo de hombres, con aquel que para entonces, era un completo desconocido. Desconocido que ya no lo era tanto después de un par de citas, y que encima ahora quería que fuesen algo más.
    —No, papá. Es una simple salida al cine que terminó mal —contestó, deseando convencerse a si misma en el proceso—. Yo puedo con esto.
    —Muy bien. Voy a estar observando, de todas formas. Ten mucho cuidado, ¿sí?
    Dicho esto, cada uno volvió a la comodidad de sus soledades, en la oscuridad de la noche. Cuando Jessica cerró la puerta de su dormitorio, sintió que no había sido del todo sincera. Aunque no llegaba a la gravedad de un problema que debiera comentar, según el trato, le hubiera gustado hablarlo. Extrañaba a su madre, por esa y por otras tantas razones.
    Así que se sentó en la cama, se metió con cuidado bajo la manta e hizo cuenta de que ella estaba allí también.
    —¡Ah, mamá, en qué lio me he metido! —murmuró, con cuidado de que las paredes no llevaran el diálogo imaginario a la habitación de al lado—. No sé si hago bien estando con Jack sin apenas conocerlo, ni si he de darle una oportunidad a Richard o no...
    Y con esas preocupaciones en mente, Jessi al fin se durmió.
***

    A la mañana siguiente, cuando estaban por entrar a clases, Jessi fue asaltada por las preguntas de su amiga Emy.
    —¿Qué? ¿Entonces estás saliendo con el tal Jack ese? ¿Qué va a pasar entonces con Richard ahora? ¿No era tu amor desde que entramos al instituto?
    —No sé. Empiezo a arrepentirme de todo lo que he hecho desde el viernes.
    Y era cierto. Su ánimo comenzaba a enfriarse y ella volvía a la dura realidad, en la que se veía cada vez más lejos de su objetivo original.
    —¡Claro que deberías! ¡Has conseguido liarte con un total desconocido! —murmuró la otra—. Por amor de... Mira, ¿qué les dirán a sus nietos cuando les pregunten cómo se conocieron?
    —¿Nietos? —Se espantó—. Espera un poco.
    —¡Y sus recuerdos más felices serán junto al papel higiénico! ¡El día que pelees con él llorarás abrazada al retrete! ¡Celebrarán su aniversario brindando frente al espejo!
    Las exageraciones de su compañera no hicieron más que provocarle risa. De verdad, ¡su nuevo romance había comenzado en un baño público!
    —¡Basta! —exclamó, a punto de ser vencida por las carcajadas frente a las taquillas.
    —Y, lo más importante. No sabes nada de él. —La broma había llegado a su fin. Ambas tomaron sus libros y se quedaron pensativas en el pasillo—. Todo por un brote de celos, cuando podrías haber tenido la única posibilidad con Richard. ¿O es que no lo quieres tanto como creías? Si es así, no te molestará que otra vaya por él, como la tal Anna.
    La sola idea le puso a Jessica los pelos de punta.
    —¿Qué? ¡No! Yo estoy... Bueno, estaba enojada con él —reconoció, apenada por la cantidad de detalles que comenzaban a caer por su propio peso a medida que pasaban los días—. Para una vez que Richard se acuerda de mí para organizar una salida, voy yo y lo arruino todo presentándome a la cita con Jack, en vez de esperar a ver qué explicación me daba para explicarme la presencia de Anna. Pero es que me sentí tan ridícula cuando apareció con esa estirada... ¡Y lo del beso! ¿Qué pretendía hacer? ¡Realmente creí que estaba burlándose de mí!
    Iba y venía, de la pena al enojo. Y de éste, al entusiasmo. De pronto verlo llegar al instituto, con su mochila vieja al hombro, su cabello rubio ondulado y sus ojos chispeantes, le hizo sentir el mismo subidón de energía de siempre. Se quedó embobada por unos segundos, los cuales aprovechó Emy para susurrarle encima del hombro, como si fuera el angelito de su conciencia:
    —Entonces, ¿por qué no vas y le preguntas y sales de dudas?
***

    Richard venía distraído, con mucho sueño y molesto. La cena le había salido espantosa y el sistema de calefacción de la casa se había estropeado, por lo que había dormido envuelto en mil y una mantas. Esa mañana, apenas había podido levantarse a tiempo para llegar al toque de la campana. Y debía evitar a la pesada de Anna, que desde lo del cine se había vuelto más pegajosa que nunca. Así que no estaba teniendo un buen momento. En realidad, desde el fin de semana, nada le salía bien.
    Refunfuñaba en su mente sobre eso, mientras luchaba con su taquilla abarrotada de cosas, cuando sintió una vocecita a sus espaldas.
    —Mi padre te envía saludos. Y dice que, para acosar a alguien, primero hay que averiguar bien cuál es la ventana que se va a espiar.
    Al escuchar eso, el sobresalto fue tal que casi se pilla el dedo con la puerta de la taquilla. Tuvo que hacer un esfuerzo por no delatar su vergüenza de haber sido descubierto en algo que ni siquiera había hecho a propósito.
    —No sé de qué estás hablando —balbuceó con aparente frialdad, mientras sostenía sus libros con el brazo contra el pecho. Como si necesitara un escudo contra una espada invisible. O algo que escondiera lo que fuera que provocaba en ese vacío que se extendía desde la boca de su estómago.
    Jessica lo miró divertida, y se dijo mentalmente que venía bien la táctica de comenzar con algo que lo tomara por sorpresa, ya que la dejaba a ella con la ventaja. Ahora podría seguir con el discurso que se había repetido a si misma la noche anterior, una y otra vez, tras prometerse mantener con él la conversación que había quedado en el aire en dos ocasiones. Podría resultar. Tal vez el incidente del cine quedara en el olvido y ella tomara eso como una lección para su corazón roto. No estaría Jack siempre para servirle de excusa, así que podía comenzar en ese instante a superar a Richard, su gran amor platónico que terminó en desastre sin siquiera comenzar.
    —No te preocupes —continuó, segura de que estaba yendo por buen camino—. Mira, voy a hacerte caso y hablaremos sobre lo del cine. Vamos a hacer una tregua, ¿sí? Creo que hubo un malentendido, y aunque te agradezco por la invitación al cine, me temo que al no conocemos bien, no supimos entendernos. No sé qué idea tienes con respecto a tus amigas, si piensas que puedes hacer con ellas lo que quieras a primeras de cambio. Y aunque te agradezco por considerarme una de ellas como para llevarme a tu salida del viernes, quiero dejarte claro que no soy como Anna ni como esas otras chicas que seguro aceptan esos intercambios de pareja, la primera noche en haber sido citadas.
    El chico olvidó la campana, las clases, los libros y al resto de los que pasaban a su lado para no llegar tarde. ¿Intercambios de pareja? Aquello estaba perdiendo toda lógica.
    —¿Cómo? ¿Qué intercambios?
    —Lamento el no haberte dejado explicar las dos veces que lo has intentado y también siento el haberme ofendido así cuando fuiste tan amable de llevarme al cine y todo eso... —siguió ella, ya sin ser capaz de detenerse. Estaba en piloto automático—. Tendría que haberte informado de antemano antes de aceptar dicha cita, que si estabas acostumbrado a que tus amiguitas te diesen besos y otras cosas en la primera quedada, que conmigo no encontrarías nada de eso; yo no soy así, una chica fácil.
    —¿Eh?
    —Igualmente, me caes bien —aclaró, para luego tomar aire y extender su mano derecha—. Si aceptas mi amistad “a la antigua”, te la ofrezco. ¿Qué te parece?
    Ahora él solo debía tomar su mano. Jessica aguardó, con el brazo en el aire, mientras rogaba que los nervios no la delataran quebrando su voz, o haciéndole fallar las rodillas en pleno pasillo. El discurso hubiera sido un poco más largo, pero considerando que estaban a punto de perder una clase y ya se habían quedado solos en el corredor, la idea principal había sido transmitida.
    Tenía que felicitarse por las palabras que había reunido en solo una noche de dar vueltas y vueltas en su cama. Su madre la estaría viendo desde arriba, felicitándola por dar una imagen tan madura y tranquila de sí misma. Por otro lado, tal vez su primer amor no estaba terminando de manera tan desastrosa.
    Lo que pasó por la mente de Richard, en cambio, fue el equivalente a una erupción volcánica. Las malditas consecuencias de aquella pésima salida al cine seguían apareciendo. Y aquella mano, extendida frente a él, significaba lo opuesto a lo que había querido lograr desde hacía tiempo con esa chica tan testaruda. Observarla de lejos no había sido suficiente. Tenerla cerca, como amiga, y para colmo con el tal Jack revoloteando a su alrededor como insecto, sería el final de su cordura.
    Ese sería su desafío personal desde entonces. Suyo y de su orgullo, que a partir de ese instante tomó las riendas sin siquiera preguntar. Así, su orgullo levantó el mentón, sonrió con tranquilidad y venció los centímetros que lo separaban de aquella mano, sin tomarla.
    —Creo que me parece poco —declaró, con una claridad envidiable—. No estoy interesado en ninguna clase de amistad contigo. Ni de la convencional, a la antigua o como se llame, ni de la que sea que estés inventando en esa cabecita.
    —¿Ésta cabecita? —reaccionó la muchacha, fuera de sí—. ¿Cómo te atreves? ¡Trato de arreglar las cosas y...!
    —Y la que malinterpretó todo fuiste tú. Pero eso ya no importa. —Siguió el orgullo hablando por él, que para esas alturas ya había dominado por completo el cuerpo del joven, y acercó su rostro al de la chica para dar el golpe de gracia—. Porque no voy a parar hasta que seas mía.
    En eso, un profesor apareció y comenzó a regañarlos en una voz que a ambos se les hizo muy distante. Richard sintió el hormigueo de la victoria por haber logrado decir esas palabras de una buena vez, después de tanto tiempo. Asombrado de lo que había logrado, a pesar de los medios, se alejó con una ancha sonrisa hacia las aulas.
    Jessica fue alcanzada por el profesor, pero se quedó con la mano en el aire y la vista clavada en la espalda del rubio que se alejaba. Estaba boquiabierta.
    «¿Qué acaba de ocurrir?», se preguntó confundida.

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