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lunes, 29 de julio de 2013

Pasión Desenfrenada: Segunda Parte

Ella alargó la mano hacia la barra y cerró la caja de madera, para luego guardarla de vuelta en su bolso y ponérse éste colgado del hombro. Luego se dejó guiar por él hacía la puerta, abandonando ambos el local, en un incómodo silencio. Fuera, en los aparcamientos, se encontraba el coche oficial de la Guardia Civil. Ambos tomaron asiento sin decir nada en ningún momento y luego él lo puso en marcha.
Jane, ahora más calmada, y por lo tanto, más consciente de lo que estaba haciendo y a punto de hacer, se replanteó las cosas, no sabiendo con certeza si haría bien yéndose con un total desconocido para darse un revolcón con él. Ella, con sus veinticinco años, no era de esas mujeres que se lanzaban a los brazos del primer hombre que le decía <<que ojos más bonitos tienes>>, ni tampoco se tiraba a cualquiera en la primera cita. Y eso que lo de esa noche, ¡no era ni siquiera un cita realmente! ¡¿Qué demonios estaba haciendo entonces? ¿Qué estaría pensando él de ella? ¿Que era una cualquiera? Con un movimiento apenas perceptible de su embotada cabeza, Jane desterró esos insanos pensamientos y complicadas preguntas de su mente, para que dejaran de atormentarla.
    Lo que Jane tenía claro como el agua cristalina, era que hacía más de un año que no mantenía ningún tipo de relación con un hombre y que éste la ponía realmente cachonda, como nunca antes había estado. ¿Sería quizás el morbo de saber que se trataba de un agente de la ley sensualmente uniformado? Jane no lo sabía, pero fuesen  las razones que fuesen la que la llevaron a ser descarada con él y haber accedido a esa locura, la cosa era que lo estaba haciendo y, aunque ni ella misma se lo creía, la pura realidad era que no se arrepentía y que realmente lo deseaba; había llegado la hora de romper su autoimpuesto celibato.
Mientras pensaba en todo eso, con la mirada distraída mirando por la ventanilla del auto, su acompañante redujo la velocidad y con un suave giro del volante, giró en la siguiente calle, a la derecha. Pronto llegaron ante las dos grandes puertas del cuartel de la Guardia Civil. Detuvo el coche para enseñar su identificación a los dos guardias que la custodiaban, y tras un intercambio de saludos, lo puso otra vez en marcha, atravesando las puertas recién abiertas.
Debí suponer que vivías aquí, en el cuartel comentó de pasada Jane para romper el hielo. Él simplemente asintió con la cabeza, sin dejar de prestar atención a la conducción.
Se acercó con el vehículo oficial a unos aparcamientos donde habían otros tantos estacionados, y lo aparcó. Ambos se apearon del vehículo sin comentar nada más, hasta que él dijo con voz seria:
Espera un momento aquí ella asintió y se cruzó de brazos, mientras se apoyaba en el capó del coche y lo veía acercarse a las oficinas.
Tras las ventanas de las mismas, iluminadas con la luz del interior de la instancia, Jane le vio entregarle las llaves del auto a la recepcionista. Ésta le tendió al recién llegado unos papeles, y tras éste leerlos y rellenarlos, se los devolvió junto con una sonrisa. La cincuentona se la devolvió, tomando de vuelta los papeles y archivándolos.
Salió de nuevo para reunirse con ella y cuando estuvo al lado suyo, le hizo un gesto para que lo siguiera. Jane eso hizo, aunque estaba algo incómoda con toda esa situación, pues ahora él se comportaba como distante, sin acercarse siquiera ella, como si el fuego que a ambos les había consumido minutos atrás, se hubiera evaporado y extinguido del todo.
Suspiró con resignación y se dijo, que todavía estaba a tiempo de darse la vuelta y largarse, si veía que las cosas no volvían a ser como antes; No se arrepintió de haberlo seguido, en vez de haberse echado atrás como se estaba planteando esos últimos minutos, pues en cuanto entraron en el ascensor del edificio de cuatro plantas en el que habían ingresado, su acompañante se lanzó nuevamente a devorarle la boca, con un hambre contenido y ahora desatado. Una vez más, ella se dejó hacer, devolviéndole el beso y quemándose de nuevo con su abrasador fuego. 
Notó la fría pared de acero tras su espalda, pero no le importó, como tampoco le importó sentirse acorralada mientras era devorada por aquél macho dominante que la tenía atrapada entre sus garras. Se sentía viva, deseada, como nunca antes se había sentido, y eso, en cierto modo, la aterraba, pero era tal la pasión y la lujuria la que sentía en esos momentos, en sus brazos con las bocas unidas, que no se paró a pensar en ello.
El pitido que avisaba que en breve las puertas se abrirían, rompió la magia. El hombre, del que ni siquiera conocía su nombre, se separó de ella, dejándola con una desagradable sensación de vacío. Jane aprovechó su lejanía, para mirarse fugazmente en el espejo. Se quedó sorprendida, y algo maravillada, al encontrarse con que el mismo le devolvía la imagen de una sonrojada mujer, con la coleta desarreglada, las mejillas ruborizadas y los labios deliciosamente hinchados. Sonrió a la imagen antes de salir del ascensor, tras su futuro amante.
Éste, se detuvo delante de una de las dos puertas que habían en aquella planta, y le dijo que esperase un momento fuera. Aquello la dejó toda extrañada, pero no dijo nada al respecto y obedeció. Lo vio entrar en el piso, después de abrir la puerta, y desaparecer tras ésta, sin cerrarla del todo tras de sí. Curiosa, Jane se acercó a ella y miró por la rendija. Lo vio acercarse a un sofá blanco donde había otro hombre tumbado, y por la cara que gastaba cuando se vio sorprendido por el recién llegado, éste estaba sobando.
¡Hey Max! exclamó con voz soñolienta ¿Que hora es? preguntó mientras se desperezaba y bostezaba de manera descarada.
Son más de las doce de la madrugada le respondió, mientras se ponía a recoger cosas por ahí. Anda, ayúdame a recoger las cosas de Michelle, que tengo visita y no quiero que las vea...
Jane frunció el ceño tras aquella confesión, extrañada de su comportamiento tan raro, y preguntándose quién coño era ese tal Michelle... ¿Su novia quizás?
¿Visita? preguntó el otro con incredulidad, mientras le ayudaba a recoger cosas que habían por el suelo y por encima de los muebles. Jane, desde su posición, no lograba ver qué eran ¿Has traído una mujer a casa? Jane no oyó lo que el otro le decía, supuso que simplemente habría asentido con la cabeza ¡Vaya!, ¡ya era hora que olvidaras a tu esposa y activaras de nuevo tu sexualidad dormida! exclamó con sinceridad, haciendo que Jane se quedara estática, sin saber cómo reaccionar ante tal comentario. "¿Había estado casado? ¿Lo estaba todavía? ¿Debería importarle acaso?, se suponía que él sería un polvo de una noche, ¿no?" Tras estas nuevas preguntas, Jane quedó más confundida todavía.
Shhh le recriminó el otro Baja la voz Sam, está ahí afuera, en la puerta, y puede oírte le regañó.


Tras esa advertencia, Jane no logró escuchar nada más, solamente llegaban hasta ella los sonidos que esos dos hacían mientras seguían guardando aquellas cosas que tanta curiosidad despertaban en ella.
Max, las fotos, no te olvides de ellas dijo ese tal Sam. Unos minutos después, oyó a Max, el hombre que pronto la llevaría a su cama para que se la calentara, decirle:
¿Que tal te ha ido con Michelle?
Bien, algo cansado...  un nuevo bostezo— Ya sabes que ella sabe cómo consumirle a cualquiera todas sus fuerzas y resistencia, pero bien al fin y al cabo respondió con cansancio.
Gracias por todo hermano le dijo Max.
No hay de qué, para lo que haga falta, aquí estoy, ya lo sabes... le respondió éste.
Luego se oyeron pisadas que se acercaban a la puerta. Jane se alejó de ésta con nerviosismo, sin saber con certeza cómo actuar y qué debería hacer. Al final optó por apoyarse en la pared que se encontraba justo enfrente de la puerta, y esperar a ver qué pasaba ahora.
Perdona la tardanza se excusó Max nada más asomar por la puerta, seguido de Sam, un hombre con un enorme parecido con él, pero más menudo y delgado—. He tenido que atender a mi hermano Sam, que se va ya...
          —Encantado de conocerte... dijo el aludido, extendiendo una de sus manos, esperando a que ella dijera su nombre y se la estrechara. 
          —Jane le respondió ella, aceptando la mano que se le ofrecía. Tras la escueta presentación, Sam se giró para enfrentar a su hermano, le hizo un gesto con las cejas, en plan "¡Hermano, que pedazo tía te llevas al huerto!", y tras dedicarle una picarona sonrisa a Jane, ingresó en el ascensor y desapareció de la vista de los dos.
          Una vez solos, un incómodo silencio se apropió de ambos, que se miraban ahora con timidez. Max lo rompió, haciéndose a un lado e invitándola a pasar. Jane, algo azorada con aquella extraña situación tan comprometedora, lo siguió en silencio, mientras la cabeza se le llenaba de preguntas e incertidumbres, pero cuando lo vio de espaldas a ella, sacando un par de copas de uno de los armarios de la cocina americana que había nada más entrar al salón, con aquél uniforme que tan bien le quedaba, ciñéndose en su prieto y hermoso trasero, su mente quedó en blanco y el deseo apenas apaciguado, volvió a resurgir.
          —¿Vino? le ofreció tras sacar una botella sin abrir del frigorífico— ¿O prefieres quizás otra cosa?
          —Sí a las dos preguntas respondió ella juguetona, logrando que él esbozara una sonrisa ladeada.
          —Buena respuesta, veo que los dos coincidimos en lo mismo entonces... le aclaró él mientras llenaba ambas copas con aquél líquido rojizo. Le ofreció una y apoyándose en el borde de la encimera, comenzó a beberse la suya, sin quitarle a Jane el ojo de encima.
          Ésta, ahora algo ruborizada debido al calor sofocante que la estaba consumiendo por dentro, más el verse bajo el peso de su mirada verdosa y debido al vino que se había bebido de un trago, le sonrió tras dejar su copa vacía en el fregadero que estaba al lado suyo, y se acercó a él con andares seductores, meneando las caderas en un vaivén enloquecedor que a Max le robó un jadeo casi inaudible.
          Ante la atenta mirada del Guardia Civil, Jane le arrebató la copa medio vacía, y de otro único trago, se la terminó, para luego dejarla olvidada sobre la repisa de la cocina y tomarlo a él del cuello antes de robarle un apasionado beso. Max no se quedó atrás y saboreó el sabor a vino de sus labios, ahora frescos y embriagadores, mientras le agarraba con firmeza, las nalgas con ambas manos. Ella, en respuesta, tras jadear entre sus bocas unidas, levantó las piernas y las afianzó sobre su estrecha cintura, para dejarlas ancladas en sus caderas; ahora ambos sexos se rozaban mejor y él podía notar su humedad ahí abajo y ella su dureza...
          Cuando ambos se vinieron a dar cuenta, estaban encima de la cama, besándose y acariciándose sin control alguno, dando rienda suelta a la pasión desenfrenada que los absorbía. A Jane no le importaba no haber sido consciente del momento en el que él, llevándola aferrada a él de esa manera tan íntima, la había llevado por el pasillo hasta aquél dormitorio con una enorme cama de matrimonio; Lo único que realmente le importaba era aquél momento mágico que estaban compartiendo.
          —¡Joder nena! rugió Max cuando se separaron lo justo para poder tomar un poquito de oxígeno— ¡No sabes lo caliente que me pones! aquella confesión hizo que Jane mojara todavía más su tanga— Creo que primero debería darme una ducha... ella lo miró extrañada, con los ojos brillantes y dilatados debido a la pasión que la consumía— Llevo todo el día trabajando con este insoportable calor y...
          —Por mí no hace falta que te molestes dijo Jane interrumpiéndole, rezando por no parecer desesperada
          Max negó con la cabeza, se quitó de encima de ella y se puso en pie, cuán largo era. La miró con el hambre por ella todavía dibujado en sus pupilas y le dijo mientras comenzaba a desabrocharse la camisa del uniforme:
           —Créeme, me hace falta... y luego añadió con aquella voz tan ronca por la excitación que a Jane tanto le gustaba:— Voy a usar el cuarto de baño que hay fuera, junto al salón. Si tú quieres, puedes utilizar el que hay ahí señaló una puerta que estaba al fondo del dormitorio.
          Sin decir nada más, salió por la misma puerta por donde minutos antes los dos habían ingresado y la dejó sola, insatisfecha, ardiendo de deseo y totalmente empapada en sus propios jugos. Con un suspiro de resignación, se puso ella también en pie y se fue al cuarto de baño que Max le había indicado y le dio uso a la ducha, pero sin lavarse el pelo puesto que lo llevaba limpio de esa misma mañana.
          Mientras, a unos cuantos metros de su posición, estaba un desnudo y erecto Max, masturbándose mientras se duchaba y gotas tibias de agua se deslizaban por su masculina anatomía. Hacía tanto tiempo que no se desahogaba, que temía no estar a la altura ante aquella apasionada y atractiva mujer que lo ponía a cien, que pensó que sería mejor desfogarse primero antes de ir a su encuentro; Y eso hizo, bombeó su largo eje con decisión, mientras imaginaba que su mano era el sexo de Jane y que su verga se estaba enterrando en ella una y otra vez, una y otra vez...
          Diez minutos después, estaba un medio satisfecho Max, terminando de secarse, para regresar de nuevo a su dormitorio. Pero antes de abandonar el baño, recogió las pertenencias de Michelle y las metió todas en la cesta de mimbre de ropa sucia que había allí, por si acaso Jane se le ocurría entrar en aquél lugar a lo largo de su visita; así, en ese caso, no las vería.

viernes, 26 de julio de 2013

Pasión Desenfrenada: Primera Parte

Cuando el aire fresco del local impactó de lleno contra el rostro acalorado de Jane, esta sonrió para sí misma, agradeciendo que la hamburguesería estuviera, a esas horas de la noche, con el aire acondicionado todavía encendido. Estaban ya a finales de Septiembre y el verano recién había finalizado, pero todavía habían días que el calor era tan sofocante, que se hacía insoportable; y hoy era un días de esos.
   Mientras Jane se dirigía a la última mesa del establecimiento, donde la esperaban sus amigas, iba pensando que había hecho bien en recogerse su largísima melena morena en una coleta de caballo alta, ya que así se sentía más fresca y hacía más soportable el calor, además de acentuar su elegante cuello. Antes de alcanzar su meta, desvió la mirada hacia el reloj digital que había colgado de la pared para comprobar la hora. Eran pasadas las once de la noche. Como de costumbre, llegaba tarde de nuevo. Gracias a Dios, sus amigas la conocían y sabían que era lo que había de esperar de ella, y por eso, seguramente no les tendría en cuenta que se hubiera demorado cerca de media hora.
   Un movimiento, seguido de ruidos de cubiertos procedentes de la barra, donde había un cliente -el único que había en el local aparte de ellas-, llamó su atención. Se trataba de un Guardia Civil que estaba terminándose su cena. Este, presintiendo que le estaban observando, desvió su atención del plato y la miró directamente a los ojos, para luego desviar la vista y recorrerla entera con su curiosa mirada y detenerla de nuevo en su rostro; debajo de su escudriño, se sintió desnuda, como si no llevara puesto encima una camisa blanca, ancha y casi transparente, con unos shorts vaqueros tan cortos, que si de descuidaba, se le verían las mollas de las nalgas. También se sintió algo impactada y gratamente sorprendida al verle de frente, pues no había supuesto que el dueño de aquellas espaldas anchas, cintura estrecha y brazos corpulentos, enfundados en aquél sexy uniforme, pudiera albergar un rostro tan bello y masculino. 
   Algo azorada al verse escaneada por su penetrante mirada, ya que se trataba de un completo desconocido, y, además, de un Guardia Civil nada menos, y con las mejillas algo ruborizadas al sentirse el centro de atención, le sonrió tímidamente con una media sonrisa de esas con la boca pequeña. Continuó su marcha hacia la mesa de al lado, que era donde la estaban esperando sus colegas, siendo consciente de que el apuesto agente de la ley, no le quitaba el ojo de encima en ningún momento.
   Ignorándolo a drede, se centró en sus amigas, que le hacían señas y cuchicheaban en voz baja comentarios del tipo <<¿Has visto Jane que tío más bueno?" ¡Con Guardias Civiles como él, cualquier jovencita se dejaría detener! Lleva poco más de diez minutos aquí, y con su imponente presencia, ¡ya ha logrado que todas mojáramos las bragas!>>
   Mientras sus amigas seguían diciendo chorradas sobre aquél impresionante y atractivo tipo, que tanta expectación había levantado en ellas, Jane hizo señas a su tía Clarisa, que era la dueña del local, para que se acercara a tomarle nota.
   ¡Hola, Clarisa! ¿Que tal ha ido el día? le preguntó cuando la tuvo al lado suyo y tras darle dos sonoros besos en las mejillas.
   Algo flojo la verdad, esperaba más clientela al tratarse de un viernes, pero como son las fiestas del pueblo de al lado, apenas ha habido movimiento alguno comentó. Pero no puedo quejarme tampoco aclaró. Y bueno, ¿que te pongo para cenar? Tus amigas tenían mucha prisa y ya cenaron.
   Clarisa le sonrió con complicidad, y sus amigas se echaron a reír tras el comentario de la mesera, nada ofendidas porque ella les hubiera delatado aquel pequeño detalle. A Jane no le sentó para nada mal que sus amigas hubieran cenado ya sin esperarla siquiera, pues sabía que era culpa suya el haber llegado tarde a la cita.
   ¡Normal! Mira la hora que es y en nada tenemos que irnos a nuestras respectivas viviendas a ponernos guapas, que hemos quedado para salir esta noche a darnos una vuelta por las fiestas para ver si ligamos algo comentó una de ellas, la más descarada de todas. Aunque, con buenorros como ese por la zona, no hace falta irse muy lejos para recrearse una la vista... añadió, señalando con disimulo al hombre en la barra— Me pregunto si tendrá pareja...
   Aunque ella también se estaba preguntando lo mismo, ignoró el comentario de su colega, se centró de nuevo en su tía y después de pedirle una ensalada y un refresco, prestó de nuevo su atención en sus amigas:
   Chicas, centrémonos en lo que nos ha hecho que esta noche nos reuniéramos aquí dijo Jane, trayendo a sus amigas a la Tierra. Luego abrió su bolso y sacó una caja de madera. La dejó sobre la repisa de la mesa y la abrió. Aquí tienen las últimas obras de mi hermana, échenle un vistazo a ver si os interesa algo.
   Mientras sus cuatro amigas ojeaban las baratijas caseras que había hecho su hermana mayor, Jane atacó su cena que recién se la había traído su tía antes de que esta se despidiera y regresara a la barra a terminar de limpiar y recogerlo todo para cerrar en cuanto ellas y aquel agente se fueran.
   Diez minutos después, Jane había cenado y logrado vender tres anillos hechos con alambres de colores y dos colgantes fabricados con cápsulas de cafés reciclados ahora convertidos en originales alijas. Tras la venta, sus amigas se despidieron de ella, pero antes, intentaron de nuevo convencerla para que las acompañara y se fueran con ellas de fiesta. Jane les dijo que se lo pensaría, pero que no creía que las fuera a acompañar, pues tras un día largo de trabajo en la peluquería que regentaba, no le apetecía mucho salir.
Cuando las cuatro jovencitas se fueron resignadas con la certeza de que al final no las acompañaría, y la dejaron sola con la única compañía del Guardia Civil que estaba en esos momentos tomándose un café, se acercó a la barra, al lado de aquél imponente hombre, esperando a que su tía apareciese para pedirle la cuenta de su pedido. Sin decir nada, apoyó la caja sobre la barra, delante suya, y esperó a que Clarisa saliera de la cocina donde se la escuchaba trajinando allí dentro, seguramente, ordenando las cosas antes de cerrar.
   ¿Sabes? Podría detenerte por la venta ambulante sin permiso alguno comentó con sorna y como si nada el agente de la ley que estaba sentado tranquilamente, tan cerca de ella.
¿Ah, sí? preguntó ella juguetona, siguiéndole el juego; se notaba por su tono de voz que el hombre no hablaba en serio y le estaba tomando el pelo ¿Le interesa algo de lo que tengo?
Aunque se suponía que se estaba refiriendo a las baratijas que habían en la caja de madera, él la miró de arriba abajo, evaluándola, como si ella se hubiera referido a otra cosa; ahora era él el que le seguía el juego a ella.
   Puede... su voz profunda se clavó muy adentro de ella y sin poderlo evitar, Jane se estremeció internamente Pero me pregunto yo... ¿Estás acaso intentando sobornarme para que no la detenga, señorita? la miró directamente a los ojos, con su verdosa mirada, perdiéndose en los negros de ella.
   ¿Yo? Con lo buena que soy señor agente, ¿cómo puedes creerme capaz de algo así? sabía que estaba flirteando con él, y en cierto modo, no le importaba y al mismo tiempo, le gustaba. Hacía muchísimo tiempo que no hacía algo así y encima, que disfrutara tanto haciéndolo. Ante su mirada, abrió la caja y se la puso delante, para ver qué hacía ahora él ante tal reto.
   ¿Todo lo que tienes son complementos para mujeres? ella afirmó con la cabeza—. En ese caso, no me interesan, no tengo a quién regalárselo.
   "Bien", pensó Jane y dedujo por su respuesta, que estaba soltero entonces. Una rápida mirada a sus manos y Jane comprobó que no tenía ningún anillo en sus dedos masculinos, prácticamente confirmándole así lo que sospechaba; "vía libre entonces", caviló de nuevo. Sonrió más para sí misma y le dijo, para su propia sorpresa:
   Creo, señor agente, que he de ser sincera con usted y confesarle que le he mentido él sonrió en respuesta, pero no dijo nada. No he sido una niña buena tras unos breves aleteos de pestañas, se acercó más a él, olvidándose de la caja de madera, de su contenido y de incluso del lugar público en el que se encontraban; uno que estaba ahora mismo vacío y sin su tía presente. Realmente he intentado comprarlo con estas baratijas, aunque veo que de poco ha servido confesó señalando la caja, mientras rozaba adrede su costado izquierdo con el brazo musculoso derecho del hombre, que la miraba con intensidad. Creo que deberías detenerme en consecuencia, por infligir tantas infracciones susurró con sensualidad, extendiendo los brazos y ofreciéndoselos para que le esposara las muñecas.
   Para ello, antes tendría que cachearla dijo él en respuesta, recorriendo con su ardiente mirada los brazos expuestos de ella, tentando en hacer justamente lo que la mujer le pedía. Se acomodó mejor en el taburete, ya que su reciente erección le incomodaba, mientras esperaba su respuesta.
   Jane le sonrió de nuevo, y animada por la trayectoria que estaba tomando la conversación, bajó los brazos, apoyó las palmas de las manos sobre la barra, se echó ligeramente hacía adelante rozando el borde de la misma con sus pezones cubiertos por la ropa -ahora erectos por la excitación-, y separó las piernas.
   En ese caso, proceda señor agente... lo animó con coquetería. Se sentía lujuriosa, desenfrenada, con ganas de ver hasta dónde les llevaría aquél peligroso juego; Solo esperaba no acabar quemándose.
   El desconocido echó suavemente para atrás el taburete, y tras cerciorarse de que no había nadie en el lugar presentando el juego de seducción al que estaban jugando los dos, se puso detrás de ella, presionando su notable erección contra el trasero de la joven, ahora algo repantigado debido a la postura sumisa que había adoptado.
   Jane ahogó un gemido cuando sintió aquella dureza presionándose contra sus nalgas. Y cuando el hombre comenzó a palpar su cuerpo con sus ágiles y calientes manos, creyó que se desharía en un charco líquido de lo húmeda que se estaba poniendo por segundos; y eso que él solamente la estaba tocando como un profesional lo haría, sin tocar más de lo debido o permitido. Aunque lo cierto era que sus gestos eran más lentos de lo normal y con un toque sensual, lleno de promesas, que prometían una noche loca de pasión.
   Él se inclinó más hacia su curvada espalda, apoyó su mentón en su delicado hombro izquierdo y le susurró muy cerca del oído:
   Lástima que no esté de servicio y no pueda llevármela detenida... fingió sentir pena—. Aunque para ti, supongo que eso es un gran ventaja, ¿no?
   No sabría decirle señor agente ronroneó, rozando a drede su mejilla con la de él, notándola algo rasposa por la incipiente barba que comenzaba a asomar, oscureciéndosela. Me había hecho a la idea de que saldría de aquí con usted... confesó descaradamente, sin medir el peso de sus palabras ahora con la lujuria que se había apropiado de ella cuando él le habló por primera vez, totalmente desatada y apropiándose de ella.
   Él se separó de ella sin decir nada, y por un momento, Jane creyó que lo había estropeado todo con su atrevido comentario, pero cuando él la sujetó de los hombros y la obligó a darse la vuelta, para luego agarrarla por la cintura y estrecharla contra su cuerpo, antes de apoderarse de sus labios, supo que no había sido así y que había conseguido su objetivo: seducirlo.
   Dejó que su hambrienta lengua jugara con la suya en un duelo de voluntades. Respiró su aliento, bebió de sus labios, saboreó su masculino sabor y se embriagó con su adorable olor a hombre. Sin pensarlo siquiera, sus pequeñas manos cobraron vida propia y se perdieron en su cuello para ir a parar a su nuca, para aferrarse más a él y tenerlo así más cerca de su sedienta boca. Él continuó con su firme agarre sobre su diminuta cintura, atrayéndola más hacía él para que notara lo excitado que estaba por su culpa.
   Cuando ambos se separaron para tomar aire, varios intensos minutos después, y llenar sus pulmones de oxígeno, él le susurró:
   ¿Hay algún hotel cerca...? su voz sonaba ronca por la excitación. Era nuevo en el pueblo, recién destinado allí, donde vivía su hermano pequeño desde hacía un par de años, y todavía no conocía muy bien la zona. 
   Ella negó con la cabeza.
   Podríamos irnos a mi piso, pero lo comparto con mi hermana mayor y precisamente esta noche, tiene invitados... confesó con voz lastimera, ahora con la respiración un poco más controlada, pero todavía algo jadeante.
   ¿Donde podríamos entonces...? preguntó con un brillo resplandeciente en su mirada color del musgo, sin terminar de hacer la pregunta.
   ¿En la tuya? inquirió ella esperanzada.
   No creo que sea buena idea respondió él negando con la cabeza, pero sin dar ninguna explicación al respecto ¿Donde lo hacen entonces los jóvenes? preguntó curioso.
   Que yo sepa, normalmente se lo montan en la parte trasera de un coche en algún descampado... apoyó las palmas de sus manos sobre su pecho musculoso y las deslizó de arriba a bajo, acariciándolo y deleitándose con el tacto firme y duro que sentía debajo de ellas antes de añadir—: Yo no dispongo de uno, y si tú tampoco, entonces tendremos que olvidarnos del tema encogió los hombros fingiendo derrota y resignación, y se giró dispuesta a tomar sus cosas de vuelta y marcharse, pero él la agarró de la muñeca izquierda y la detuvo.
   Está bien, vayámos pues a mi piso dijo resignado, pero con el deseo todavía impregnado en su mirada. Jane asintió y él le sonrió de vuelta. Luego sacó un billete de veinte euros y lo dejó en la barra ¿Crees que con esta cantidad será suficiente dinero para pagar ambos servicios?
   No hace falta que pagues lo mío se quejó ella.
   Lo sé, pero me apetece hacerlo Jane no se lo discutió—. ¿Crees que será suficiente entonces?
   Creo que incluso le sobra señor, pero no se preocupe, mañana hablaré con Clarisa y si falta algo o lo que sea, ya me las veré yo con ella.
   Bien, en ese caso, en marcha la agarró de nuevo por la cintura y tiró de ella para pegarla a su cuerpo.