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domingo, 17 de mayo de 2015

Indecisa - Capítulo 12 (Janire Fernández)

Capítulo 12

(Janire Fernández)

 

—¡Basta! —Jessica se levantó de la silla gritando, horrorizada por las palabras de Richard—. No quiero oír ni una palabra más. No me puedo creer que hayas caído tan bajo. Inventarte algo así de Jack...

—Jessica, por favor, créeme. No me gusta lo que te estoy diciendo, pero te aseguro que es verdad. Ese... Jack —dijo con un tono cargado de asco y odio—, se las apañó para que la familia de esa tal Diana no lo denunciara. El muy cobarde ni siquiera pagó por lo que había hecho. Es un monstruo Jessica. No deberías estar cerca de él.

Jessica creía que se iba a desmayar. Lo que acababa de oír aún le resonaba en la mente y la cabeza le daba vueltas. Notaba como su cara perdía lentamente el color y sus piernas le temblaban. Debió de hacer un ademán de caerse, porque Richard se levantó muy deprisa y la cogió de los brazos.

—Suéltame —le dijo con una voz muy débil—. Te lo estás inventando. No puede ser cierto nada de lo que has dicho. Jack no es así. Lo sé, le conozco.

«Pero ¿realmente lo conozco? Para, no. Tiene que ser una mentira. Jack no sería capaz de hacer algo así», se dijo a sí misma mientras mil imágenes comenzaron a golpearle la mente, una tras de otra: la mano de Jack acariciando la suya el primer día en el cine, su sonrisa torcida mientras la aguardaba en las taquillas, el mirador de madera, sus dedos acariciando las cuerdas de la guitarra, sus ojos negros clavados en los de ella...

—No te estoy mintiendo, Jessica, pero puedes preguntárselo a él mismo. —Sin comprenderlo del todo, Jessica miró hacia la puerta del Baúl, donde Jack la miraba sorprendido y, a la vez, preocupado.

 

***

 

Después de despedirse de Jessica, Jack había recibido un mensaje de la pesada de Noelia.«Parece que esa mocosa con la que juegas últimamente ha decidido pasarse por el Baúl esta noche, y por lo que veo está muy bien acompañada».

Iba a ignorar el mensaje cuando de pronto le llegó una imagen en la que Jessica aparecía sentada una mesa con ese chico que no paraba de entrometerse entre los dos: Richard.

Se subió a su Harley Davidson de inmediato y no pensaba en otra cosa que darle una lección a ese niñato entrometido. No obstante, cuando llegó allí, se le olvidaron por completo sus celos. Algo no iba bien. Richard le cogía de los brazos a Jessica, que se encontraba a penas de pie, pálida y con la cara llena de lágrimas. Ésta, en cuanto lo vio, se acercó muy deprisa hacia él. Jack se sentía nervioso y preocupado, pero no entendía por qué motivo. Abrió sus brazos para abrazarla, pero Jessica no le dejó, imponiendo una barrera invisible entre los dos.

—Dime que no es verdad. Por favor. Dime que no es cierto lo de la chica y lo de que por tu culpa...

Jessica no fue capaz de terminar la frase porque sus propias palabras la ahogaban. El corazón de Jack pareció dejar de latir de golpe. «... lo de la chica y lo de que por tu culpa...». La miró horrorizado y aturdido. Sabía perfectamente de qué estaba hablando. De pronto sintió que todo en su interior se hacía en pedazos, y que cada trocito de él rasgaba la poca esperanza que le quedaba. El miedo empezó a abrasarle por dentro. La iba a perder a ella también, seguro. Se había enterado de aquello.

—Pero... ¿cómo?

Al ver que Jack no decía nada, Jessica empezó a gritar, a hacerle preguntas y a pegarle en el pecho. Pero Jack no sentía nada: no la oía, no notaba sus golpes, no percibía que todos los del pub los estaban mirando. Tenía un enorme nudo en el estómago y sus pulmones parecieron encogerse. Entonces, miró más allá, y vio que Richard miraba a todos lados menos a él, y cuando al fin sus miradas coincidieron, vio la culpa grabada en sus retinas; su miedo se convirtió en ardiente furia.

—Has sido tú, ¿verdad? —gritó de tal manera que la pregunta parecía una afirmativa.

Se apartó de Jessica sin apenas tocarla y se dirigió hacia él con el puño levantado. Su objetivo era desquitarse y descargar toda la adrenalina en él, en el bastardo culpable y causante de que Jessica supiera su secreto, pero unos brazos lo agarraron por detrás y el golpe no llegó.

—¡Jack, para! —Jessica lo agarraba con fuerza temiendo que Jack volviera a intentar dar otro puñetazo—. ¡Para, por favor!

Richard no se había movido de donde estaba en ningún momento. En cierto modo, disfrutaba con lo que estaba viendo, y eso a Jack lo consumía con una rapidez feroz.

Pero, en parte, ella tenía razón. Debía parar. Y lo más importante, debía contarle la verdad a Jessica, por muy incapaz que se sintiera de hacerlo. Cogió de la mano a Jessica y se acercó a su oído.

—Acompáñame, por favor. Creo que te debo una explicación.

 

***

 

«¿Debería acompañarle?», pensó Jessica. Se le quedó mirando a los ojos, indecisa. Después de lo que le había contado Richard y del comportamiento de Jack, no sabía qué hacer, si volver a confiar en el chico del cine o alejarse de él.

—Jessica, por favor...

Notó un tono desconocido en su voz, un tono que nunca pensó que escucharía, un tono que suplicaba, desesperado y frágil. Entonces se notó que a Jack le temblaban las manos y se dio cuenta de que le brillaban los ojos de una manera que no lo había hecho antes.

—Está bien, vamos.

Jack se dirigió a su moto y antes de subirse miró a Jessica dubitativo, como si pensara que fuera a huir. Jessica se sentó detrás de él después y lo agarró con fuerza por la cintura. Esto, de cierto modo, lo reconfortó, pues lo que tenía que hacer a continuación, en cuanto llegaran a su casa, era algo más que revelar un secreto, era enfrentarse a un terrible error del pasado que aún lo castigaba.

 

***

 

Casi doce meses antes...

Llevaban dos horas tocando y cantando, pero no le importaba. No quería parar. Había conocido a Diana tres meses, en el mismo bar donde tocaba la guitarra. Fue allí donde escuchó por primera vez esa hermosa voz. Melodiosa, dulce y enérgica. Todo a su alrededor parecía congelarse cuando la escuchaba cantar. Hace tres meses que la había conocido, y hace dos empezaron a componer juntos canciones para presentarlas en el Dylan’s.

Hacían un equipo increíble. Más que eso. Jack sentía que tenían una conexión más fuerte de la que se pudiera tener con ninguna otra persona. La amaba. Por primera vez en su vida, amaba de verdad a alguien. En ningún momento, ni siquiera cuando la tenía delante, podía quitarse de la cabeza el brillo que irradiaba constantemente: el brillo de su pelo castaño, el brillo de sus ojos a donde quiera que mirara, el brillo de su sonrisa... Y lo mejor de todo era que ella también le quería. Se habían besado el día anterior en el parque, cuando la convenció de que se escapara de casa por la noche por unas horas. Ella le había confesado que su mayor sueño en la vida era viajar por el mundo cantando de escenario en escenario y él le había dicho que su deseo, aunque no en un futuro, era tenerla a su lado fuera donde fuera. La noche había sido fantástica. Pero esta vez, después de la sesión, tenía pensado algo distinto, quería sorprenderla.

La llevó a un polígono industrial abandonado donde se reunirían con los viejos amigos de Jack. Le habían retado a una competición de derrapes, como habían hecho cada año hasta ese día, y él aprovechó la ocasión para sorprenderla llevándola a un lugar diferente de donde solían ir y hacer algo distinto. Distinto al menos para ella.

—Jack... —dijo Diana sosteniendo la puerta del coche que les habían dejado—. No creo que esta sea una buena idea...

—No te preocupes por nada, Di, te lo vas a pasar bien. Ya lo verás.

Diana se sentía muy insegura. Aquello no estaba bien. Una vocecilla en su interior le gritaba que no se subiera al coche.

—Pero, si ni siquiera tienes el carnet de conducir...

—Es verdad, no lo tengo. Pero no tienes por qué preocuparte por eso. Llevo varios años conduciendo coches en el taller de mi padre. —Al ver que lo la había convencido, le sonrió y dijo—: Tranquila, no dejaré que te pase nada malo.

Diana al final cedió y se subió al coche. Se pusieron el cinturón y Jack arrancó el coche. Ninguno de los dos se dio cuenta de que el cinturón del copiloto no estaba bien abrochado. En los primeros derrapes Diana agarraba con fuerza su asiento, y miraba con miedo por la ventana cómo otros coches hacían lo mismo que ellos a una distancia no muy lejana. Después, acostumbrada a aquella sensación “descontrol controlado”, se relajó y comenzó a gritar, divertida, dejando que la adrenalina recorriera su cuerpo.

—¿Te estás divirtiendo? —gritó Jack sin apartar la vista de la pista improvisada.

—¡Sí! —gritó ella, y ambos se rieron.

Jack se sentía cada vez más motivado. Le encantaba ver a Diana así y cada vez él quería más. Había llegado la hora de hacerlo, iba a impresionarla. Cogió más velocidad que en las veces anteriores, totalmente seguro de sí mismo y de que aquello le iba a encantar. El coche se dirigía muy rápido en línea recta hacia el almacén que tenía delante. Tenía que haber derrapado un momento antes, pero quería llegar al límite. La seguridad que Diana había conseguido hasta ese momento menguó.

—Jack...

Él no escuchaba, estaba convencido de que lo conseguiría. Los conductores de los otros coches comenzaron a tocar la bocina y a gritarle, pero tampoco les hizo caso.

—¡¡¡Jaaack!!!

Cuando había llegado a ese límite, Jack pisó el pedal del freno y giró el volante, pero no lo hizo lo suficientemente deprisa y éste se giró noventa grados e impactó contra el almacén por el lado del copiloto. Un gran estruendo dio paso a un doloroso silencio, y un doloroso silenció se rompió con un grito desgarrador.

 

***

 

Jessica se sentía conmocionada con aquella historia. Escuchó a Jack con los ojos bien abiertos y se sorprendió con la manera de contarla: tan sincera, tan sentimental...

Jack, después de narrar el impacto, se calló bruscamente y miró hacia otro lado. Su respiración era acelerada y sus músculos estaban tensos. Aun así, Jessica no pudo reprimir la pregunta:

—Entonces, Diana está... ¿está muerta?

Se arrepintió de haberlo dicho así, de haber sido tan brusca. Jack volvió a girar la cabeza para mirarla y lo que ella descubrió fueron unos ojos vidriosos, a punto de estallar en lágrimas.

—No... no lo sé...

—¿Cómo que no lo sabes?

—Ella... ella está... —Jack no podía decirlo y sin poder contenerse por más tiempo, empezó a llorar.

Jessica corrió a su lado y lo abrazó con fuerza. Se sentía fatal por verlo llorar, por ver caer las lágrimas en la cara de aquel chico con aspecto de duro e impenetrable. Notó como los pulmones de él se inflaban.

—... está en coma.

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