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lunes, 2 de diciembre de 2013

Esclavo de las Sombras - Capítulo Seis

Esa noche, Mitchell no salió de caza y se quedó en casa, acompañando a Jennifer, que todavía estaba triste.

Después de que cenaran unas pizzas que habían encargado media hora antes, Jennifer encontró el valor suficiente para comenzar una conversación que consideraba que tenían pendiente.

—¿Cuando me vas a hablar sobre toda esta locura? —preguntó nerviosamente, mientras se acomodaba en el sofá—. ¿Cómo es posible que existan los vampiros y...?

—Y los demonios —dijo Mitchell interrumpiéndola.

—¿Perdón?

—Demonios. También existen. De hecho, habían unos cuantos allí, en el ataque de ayer.

Jennifer comenzó a absorber toda la nueva información. Su mano cepillando su larga y sedosa melena.

—Vampiros, Demonios... ¿Algo más que deba saber? —antes de que él le respondiera, preguntó—: ¿Y qué eres tú exactamente?

—Lo mismo que Dylan —tomó también asiento cerca de ella—. Al igual que el resto de la organización.

Jennifer lo miró esperando a que aclarara más las cosas. No era que fuera lenta, pero todo aquello sin dudas era muy complicado y desconocido para ella, y por eso, necesitaba una explicación más concisa.

—Somos exterminadores —ella continuó mirándole, aun sin comprender—. Nacimos de la unión entre un Ángel Caído y una humana. Nuestra misión es exterminar a todos los seres malignos que son una amenaza para la raza humana.

<<Ángeles Caídos y Exterminadores, otros seres místicos más que añadir a la lista de cosas sobrenaturales>>, pensó Jennifer, que comenzaba a asimilarlo todo poco a poco.

—¿Y qué os diferencia de nosotros? ¿Tenéis poderes especiales? —tragó saliva e hizo la pregunta que más la inquietaba—: ¿Os alimentáis también de sangre...?

—Físicamente somos como el resto de los mortales. Dormimos, comemos cualquier tipo de alimento —señaló la caja de pizza que estaba al otro lado del salón, encima de la mesa—. Tenemos también relaciones sexuales... Lo normal. Pero no envejecemos. Cuando alcanzamos la edad de treinta años, dejamos de hacerlo —clavándole la mirada en sus ojos claros, añadió—: No, no bebemos sangre. Y podemos salir a la luz del sol. Pero como nos pasamos las noches cazando hasta que amanece, el día lo dedicamos a descansar. Por eso apenas salimos al exterior en horas diurnas.

—Entonces... ¿Qué edad tienes?

—Muchos años. Demasiado.

—¿Cuánto?

—Preguntas mucho.

—Y a ti te cuesta responderme.

—Está bien, tengo casi los cuatrocientos años. Trescientos noventa y dos para ser más exactos.

<<¡Vaya!, ella estaba sentada hablando con un hombre mayor, muy mayor. Pero tremendamente atractivo>>.

—Y sí, tenemos algún tipo de poder especial. Eso es lo que más nos diferencia de vosotros. Somos más rápidos, fuertes, resistentes y a parte, cada uno posee un don que lo hace único entre nuestra propia especie.

—¿Y cuál es el tuyo?

Mitchell no pudo evitar sonreír. Aquella pequeña mujercita era muy curiosa y cuando le dabas cuerda, no paraba de hablar. Eso le hacía gracia y a la vez, le gustaba.

—Levito.

Eso de levitar tendría que ser muy emocionante, dedujo Jennifer. Cuando encontrara la oportunidad ideal, le pediría que probara con ella, para comprobarlo.

Una vez apaciguada su curiosidad, Jennifer dio por finalizada la conversación y después de excusarse, se retiró a descansar.

Tenía mucho en qué pensar. En las últimas veinticuatro horas había recibido demasiada información de golpe. Toda ella de lo más increíble, pero verdadera; y ella estaba en medio de todo eso.

***

A la mañana siguiente, Jennifer llamó a su jefa Kathy para disculparse y pedirle unos días de vacaciones. La mujer no se lo tomó muy bien, pero aceptó sin poner demasiados impedimentos. Su empleada acababa de perder a su mejor amiga, con la que se había criado desde bien niña y era normal que necesitara un poco de tiempo libre. El problema era que durante ese tiempo, tendría que buscarse a otra muchacha que se encargara del negocio.

Lógicamente, Jennifer no le contó nada sobre el incidente de la otra noche, ni de la existencia de monstruos. Ese tema era tabú.

Pasó el resto de la mañana organizando sus cosas en la habitación que Mitchell le había cedido. Y cómo no tenía nada más que hacer, aprovechó para redecorarla a su gusto.

Mientras tanto, Mitchell salió a atender algunos asuntos suyos, cosas de su trabajo. Tenía una reunión con dos de los mejores rastreadores de la organización.

Cuando regresó a la hora de comer, su cara reflejaba preocupación.

—¿Todo bien?

Él la miró con sus penetrantes ojos marrones como la miel, mientras tomaba asiento en la mesa y la estudiaba.

Ese día Jennifer estaba realmente preciosa, con unos pantalones vaqueros ceñidos, que remarcaba su cuerpo curvilíneo. Su ajustada camiseta celeste también mostraba el tamaño y la forma de sus pechos. Unos que a Mitchell no le importaría ver y saborear.

—Sí, no te preocupes —mintió, pensando que era un bastardo por hacerlo, pero no quería que ella también se preocupara por cómo estaban desarrollándose las cosas.

Acaba de hablar con un par de sus compañeros, los mejores en rastreo, y estos le confirmaron que no lograron dar con el paradero de los vampiros que se escaparon. Y hasta que no dieran con ellos, Jennifer estaba en peligro.

Pero ahora tenía otros asuntos que atender.

—Por cierto, yo no sé nada de ti...

—¿Qué quieres saber? —preguntó, sorprendida por aquella afirmación y por el repentino cambio de humor.

—¿Hay algún hombre, en alguna parte, esperando por ti?

—¿Quieres saber si tengo pareja?

Él asintió.

—Ninguna de las dos cosas. Tampoco tengo familiar alguno que vele por mí —su voz se volvió ronca—. Ni Saraí tampoco, por eso eramos tan buenas amigas...

Mitchell maldijo por haberle hecho recordar a su difunta amiga.

—Lo siento, no quería...

—No pasa nada, tú no tienes la culpa de que Saraí estuviera presente en la mayor parte de mi vida...

Mitchell se concentró en su plato y no dijo nada más. Ella estaba soltera y sin compromisos. Y él también, pero aunque no quisiera nada serio con ella, ¿por qué no tener un poco de sexo? La sola mención de esa palabra le produjo una erección de caballo, que le hizo incomodarse en su asiento. Se movió un poco para acomodarse mejor y aliviar el dolor de testículos.

En él era normal tener sexo todos los días, sin excepción alguna y ya llevaba más casi un día sin catarlo.

Y encima allí estaba ella, con esas prendas tan ajustadas y ese hermoso rubor en sus mejillas. La mujer era toda una tentación para él. Una dulce y agradable tentación...

Pero aun no era el momento, la indefensa humana todavía estaba conmovida por los últimos acontecimientos. Tendría que esperar hasta que estuviera preparada, entonces, la seduciría.

—Voy a descansar un rato antes de irme a la base para entrenar un poco —le informó mientras se ponía en pie y dejaba los cubiertos sobre la mesa.

Intercambiaron un par de palabras y se fue a su dormitorio. 

Su mano tenía trabajo pendiente, de alguna manera tenía que aliviar y apaciguar su lujuria, sino tenía una hembra a mano, tendría que acudir a otro método casi igual de eficiente. Casi.

Jennifer terminó de recoger la mesa y la cocina. Luego se puso a ver un rato la televisión.

Cuando Mitchell salió de su alcoba tres horas después, Jennifer estaba plácidamente dormida en el sofá. Tomó una fina manta que tenía doblada encima de una silla y la cubrió con ella.

Ese gesto hizo que ella abriera lentamente los ojos, le dedicó una preciosa sonrisa y después de desperezarse un poco, se sentó.

—¡Vaya!, parece que me quedé dormida...

Sus ojos azules recorrieron el varonil cuerpo de Mitchell, que estaba preparándose para salir. Observó como se metía el móvil en el bolsillo de su pantalón de cuero. Sus fortalecidos músculos se contrajeron con cada movimiento. Luego se guardó las llaves de la casa y de la moto en el otro bolsillo. Su espalda ancha fue cubierta con la chupa de cuero. Y aunque era de noche, se puso también unas gafas de sol muy oscuras.

En todo momento, él evitó mirarla. Sabía que estaba siendo observado y eso, le gustaba. Según la expresión que tenía la joven en su rostro, a la mujer le gustaba lo que veía.

Eso era buen señal.

—¿Te vas ya?

—Tengo que hacerlo, no me queda otra.

Ella se puso en pie y descalza, se acercó a él antes de que éste saliera por la puerta que acaba de abrir.

—¿Me puedes hacer un favor?

Mitchell sintió la pequeña mano de Jennifer apoyada en su hombro izquierdo. Lentamente se giró y sus ojos dorados se clavaron en los cristalinos de ella.

—Dime.

—¿Podrías pasarte por mi apartamento y traerme unos libros? Son unas novelas que tengo pendiente por leer. Ayer, con las prisas y nervios, olvidé traérmelas. Y aquí... Bueno, no tengo mucho que hacer y me aburro.

Aquella petición le hizo gracia, esperaba que le pidiera otra cosa, algo así como un beso antes de irse; sin dudas, su calenturienta cabeza le estaba jugando malas pasadas.

—No hay problema. ¿Donde las tienes guardadas?

—Están encima de la mesilla de noche de mi dormitorio —le sonrió de nuevo con una mirada satisfactoria en los ojos—. Realmente te estaré eternamente agradecida.

—En ese caso, ya veré la manera en cobrarme el favor.

Dicho esto, salió de la casa y se montó en su moto. Arrancó y su silueta se confundió con la oscuridad de la noche.

Aquellas palabras que ocultaban un significado erótico, le produjo a Jennifer un cosquilleó en su estómago. Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre y la sola idea de tener a ese en particular, la hacía humedecerse.

Pero tenía que desistir sobre esa idea, eso no estaba bien. Él parecía un chico liberal, de esos que no quieren ataduras y a ella en cambio, no le iban los rollos de una noche. Ella no se entregaba a cualquiera, lo que comenzaba con un hombre era con intenciones de ir más allá, aunque luego las cosas no acabasen saliendo bien.

Había estado en sus veintiséis años tan sola, que ansiaba tener a alguien a su lado, que la cuidara, que le diera amor... quería, no, necesitaba algo serio. Una relación estable. Y Mitchell no era el más adecuado.

Él no era de ese tipo de hombres que se dejaban cazar facilmente y luego se dejaba echar la soga al cuello. No, él no era así.

Y ella lo lamentaba con creces, porque realmente se sentía muy atraída por él.

Demasiado.

Ordenó a su mente bloquear esos pensamientos y se fue a darse una ducha. De agua fría.

Y así pasaron los días, ella guardando las distancias entre ellos y él ocupado con sus asuntos típicos de un Exterminador.

Apenas se veían, Mitchell pasaba gran parte del día durmiendo y por las noches salía de casa sin ella para atender sus obligaciones.

Ya llevaban una semana o así desde que pasó aquél desagradable incidente, cuando recibieron una llamada.

Dylan, bajo la órden del más antiguo, los había citado para celebrar una reunión.  Y Jennifer tenía que asistir.

Y a ella esa idea le agradó bastante. Un poco de distracción le vendría bien, por que cada día le costaba más guardar las distancias con Mitchell. Aquél hombre la ponía caliente con solo una mirada.

¿Cuánto tiempo pasaría hasta que ella cayera en la tentación?

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