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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Esclavo de las Sombras - Capítulo Ocho

Definitivamente, no había duda alguna, concentrarse en conducir un BMW 530d negro era una tarea difícil y bastante complicada, si al lado se tenía a una hembra atractiva vistiendo de manera tan provocativa. Al menos así lo pensaba Mitchell, que tenía que hacer constantemente un enormes esfuerzo para poder mantener la vista clavada en la carretera y no en las hermosas piernas desnudas de su acompañante. 

Jennifer vestía un ceñido vestido color Burdeos que apenas le llegaba a la altura de las rodillas, mostrando una generosa porción de las mismas. La mujer, ajena a la gran atracción que ejercía en él, miraba distraída por la ventanilla observando el panorama nocturno de las calles de Londres.

Removiéndose incómodo en su asiento, el exterminador acomodó como pudo su reciente erección. Pensar en la fina lencería roja que llevaría puesta bajo esa diminuta prenda, no ayudaba mucho. Encontrarse en ese estado de excitación lo dejaba confuso. No entendía cómo podía reaccionar así si ella ni si quiera le estaba mostrando sus íntimos encantos ni le había puesto en ningún momento la mano encima, ni tampoco se le había insinuado. Pensó que quizás era debido a su larga abstinencia sin tener sexo, porque para él masturbarse en la ducha, no contaba. Pero no podía haber otra explicación, era imposible concebir en su mente que el posible motivo de esa extraña atracción y deseo descontrolado, fuera fruto de un enamoramiento o algo por estilo; por sentado, eso estaba más que descartado.

<<¡Joder!, la falta de un buen polvo me está volviendo loco. ¡Si hasta deliro y todo!>>, pensó con frustración mientras volvía a concentrarse en la conducción; ya faltaba poco para llegar a la base central donde sus colegas les estarían esperando.

Al fin, ante ellos se divisó el gran e impenetrable inmueble, majestuoso como una enorme fortaleza. Después de acceder al perímetro del mismo, dejó que las ruedas del vehículo se deslizara por el suelo en dirección al garaje. Lo estacionó junto al Porche de su amigo Dylan.

Él fue el primero en apearse del coche y con paso firme se acercó a la otra puerta y la abrió para que Jennifer hiciera lo mismo. La joven vaciló un poco antes de hacerlo, pues era consciente de que desde el ángulo donde se encontraba Mitchell esperando con la puerta sujeta, éste tendría un gran panorama de su escote acentuado. Encima, para poder bajarse del auto era necesario inclinarse un poco y con tan escasa tela, fijo que revelaría más de lo que tenía pensado. Con un suspiro de resignación lo hizo y a los pocos segundos ya estaba de pie, esperando a que Mitchell cerrase la puerta y la guiara hacía el interior del edificio.

Pero éste, con la mirada encendida y fija en ella, no hizo lo que ésta esperaba. Antes de que se diera cuenta si quiera de cuáles eran sus intenciones, el hombre se había abalanzado sobre ella y la presionaba contra el auto con su imponente cuerpo. La mujer lo miró con sorpresa, revelando que no estaba para nada preparada para ese inesperado acercamiento. Su respiración se volvió agitada, su corazón latió con más velocidad y sus piernas temblaron con nerviosismo. Jennifer estuvo en todo momento sosteniéndole la mirada, sin decir nada y sin moverse, esperando a que él diera el siguiente paso. Sabía lo que él acabaría haciendo y eso la ponía por momento más nerviosa, y para que negarlo, también más excitada.

Mitchell, con demasiada lentitud deliberada, apoyó ambas manos sobre el techo del coche, a cada lado de ella. Sin miramiento alguno, dejó que su cuerpo presionará con más fuerza el de ella, que estaba visiblemente tembloroso. A la mujer no le pasaría desapercibido el estado en el que él se encontraba en ese momento, y más después de que sus ojos se llenaran con la visión de aquellos senos apenas ocultos bajo la tela de su vestido. Aquello fue la gota que colmó el vaso; su autocontrol se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Tenía que hacerla suya. Probarla. Sentirla fundiéndose con su piel. Tenía que besarla. Ahora.

Con un poco de reparo al principio, Jennifer aceptó los labios de Mitchell y se dejó besar. Sabía que estaba cometiendo un error, y uno muy grande, pues después de ese beso ella quedaría oficialmente enamorada de él y eso era lo que menos quería en el mundo. Sus vidas estaban predestinadas a seguir por distintos caminos y ella lo sabía. Era consciente de que él no la amaba, que sólo era atracción sexual lo que sentía por ella -al menos, su dura erección que se presionaba contra su vientre demostraba eso-, y nada más. No debería permitir que él la sedujera y luego la abandonara, rompiéndole el corazón en mil pedazos. Esa realidad la hizo regresar al presente y que tomara la decisión de romper aquél beso demoledor que tanto le estaba gustando. Muy a su pesar, apoyó sus pequeñas manos sobre el musculoso torso del hombre y empujó con fuerza para apartarlo. Él se dejó mover sin poner resistencia alguna.

Una vez que su boca fue liberada, boqueó en busca de oxígeno, se apartó del auto, de su lado y le dio la espalda.

—Esto... Creo que deberíamos apresurarnos, nos están esperando —dijo al fin con la voz entrecortada. Aún podía saborear el delicioso sabor de Mitchell en sus labios hinchados y por un momento se planteó regresar a sus brazos y dejarse besar de nuevo. Pero por su bien y por su cordura, no debería ceder a sus impulsos de mujer; tendría que mantener a raya sus alteradas hormonas.

Mitchell se quedó por un momento petrificado, sin moverse ni decir nada. No sabía que pensar, había notado como ella le había respondido al beso, como inconscientemente su espalda se había arqueado en respuesta, buscando acercarse más a él y profundizarlo a más no poder... y luego, como si le hubieran echado un balde de agua fría encima, rompió el contacto abruptamente. No tenía muy claro la razones por las que había actuado así, pero supuso que era debido a que no era el momento adecuado, ni el lugar apropiado. A parte, les estaban esperando para cenar. Aguardaría a estar de nuevo en la intimidad que otorgaba su casa para seducirla otra vez.

—Tienes razón, ya llegamos con retraso —dijo al fin, mientras sacaba un cigarrillo y se lo ponía en la boca después de habérselo encendido. Le ofreció uno, pero la chica lo rechazó con la cabeza—. Pero esto no se va a quedar así —la mirada intensa que acompañó la amenaza implícita, hicieron que Jennifer se encogiera internamente de deseo—. En casa retomaremos el asunto por donde lo hemos dejado.

Y antes de que ella pudiera decir algo sobre el tema, se puso en marcha y comenzó a cruzar el garaje en silencio, mientras le daba largas y profundas caladas a su cigarrillo. Jennifer, nerviosa y algo desconcertada, lo siguió sin decir nada tampoco.

En cuanto ingresaron en el interior del edificio, vieron a los tres miembros del comité de la organización y a Dylan, esperando de pie junto a la puerta del salón, donde estaba todo dispuesto.

La gran mesa estaba ya preparada, esperando a que los seis ocupantes tomasen asiento. Después de que todos ellos se saludaran e intercambiaran unas cuantas palabras, se sentaron y se dispusieron a cenar.

Una hora después, los seis estaban reunidos en la sala de juego, listos para comenzar con la reunión que tenían pendiente. Los chicos tomaron asiento en diferentes silloner. Jennifer en camibo,  se mantuvo de pie cerca de ellos, expectante, pero guardando las distancias.

—Bueno chicos, a lo que veníamos —dijo Mitchell después de servirse una generosa copa de Whisky escocés—.Todavía queda vivo uno de los vampiros que lograron escapar de la matanza de la semana pasada. El otro, un tal Thor, ya ha sido eliminado —comentó Mitchell, clavando su intensa mirada en sus compañeros—. Hace un par de horas que me lo encontré intentando dejar seco a un pobre desdichado —sonrió con ironía, antes de añadir—: Le hice morder el polvo —le digo un largo trago a su bebida—. ¿Qué sabemos del otro?

Miró fijamente al más antiguo, esperando una respuesta. Ezequiel tomó otra calada más del cigarrillo que sostenía entre sus dedos y lo miró al mismo tiempo que las pregunta de su amigo se filtraban en su mente.

—De momento, su nombre —respondió Ezequiel—. Se llama Austin. Pero los rastreadores todavía no han dado con él. Sin embargo, no pararán hasta dar con su paradero.

—¿Y qué hacemos de momento con ella? —preguntó uno de los presentes, el que menos voto tenía en el comité.

—Ella está bien donde está —respondió Mitchell con la mandíbula apretada, aunque la pregunta no iba dirigida a él.

—Creo que si la eliminamos, el problema quedará resuelto y no hará falta continuar con el rastreo de ese tal Austin —sugirió el mismo exterminador, ignorando a drede las palabras de Mitchell y la expresión de horror en el rostro de la mujer.

—Pero... ¿Qué coño dices Elías? —preguntó incrédulo Mitchell, a la vez que apretaba con fuerza su copa. Ésta acabó hecha añicos, desparramando sobre el suelo el valioso líquido dorado y los pequeños trozos de cristal.

—Cálmate —gruñó Dylan, conteniendo su propia ira; él tampoco pensaba que esa fuese una buena idea.

—¿Ezequiel? —pronunció Mitchell al fin, manteniendo su cólera a raya, mientras clavaba su mirada en el exterminador más antiguo, que era el que tenía siempre la última palabra.

Su mano sangraba, pero el hombre parecía no darle importancia alguna. En cambio, Jennifer se acercó a él sin vacilar. En silencio, se la cubrió con una servilleta de papel, deteniéndole así el sangrado.

—Elías, nuestro deber es proteger a los humanos, no lo olvides —el aludido frunció los labios, pero no dijo nada al respecto. Y tanto Mitchell como Jennifer, respiraron tranquilos—. Los rastreadores continuarán con la búsqueda de ese tal Austin. Además, a partir de esta misma noche, procederemos con la vigilancia nocturna de la vivienda de la humana —su oscura mirada se clavó en ella—. Enviaremos a dos de los nuestros para que hagan el trabajo y así se hará durante todas las noches hasta que atrapemos a ese perro. Tarde o temprano, averiguará la dirección de ella y querrá eliminarla —sentenció Ezequiel, tras centrarse de nuevo en sus hombres.

Mitchell no quiso decirle que había contratado a un detective para que hiciera lo mismo. Aunque éste tenía la misión de descubrir quién era el acosador de Jennifer.

—Mitchell, si ves que la muchacha interfiere en tu trabajo, la envías aquí —-dijo esta vez el cabecilla, dirigiéndose únicamente a él—. Sabes que hay de sobra habitaciones disponibles a su disposición.

—No será necesario —aclaró, poniéndole fin a la conversación.

Apuraron sus copas hasta no dejar gota alguna, le dieron la última calada a sus cigarrillos y después de que se pusieran en pie, se despidieron y cada uno tiró por su lado. Mitchell y Jennifer fueron los últimos en salir de la estancia. Andaban uno al lado del otro en silencio por el largo corredor, hasta que el hombre se detuvo ante una puerta de madera.

—Espérame, no tardo —le dijo sin esperar respuesta alguna por su parte.

Se adentró en los servicios, se quitó el improvisado vendaje de la mano tirándolo a la papelera más cercana y se miró la herida. Ya había dejado de sangrar y los cortes estaban cicatrizando a gran velocidad. En pocos minutos apenas quedaría señal alguna y en un par de horas, las líneas sonrojadas desaparecerían sin dejar rastro alguno.

Apoyó ambas manos sobre el lavamanos y se miró al espejo. La imagen que reflejaba éste de él, era la de un hombre preocupado, enfadado con toda aquella situación y frustrado sexualmente.

—Estas hecho un asco —se reprimió así mismo—.  ¿De ésta guisa piensas seducirla? —arqueó una de sus cejas negras y su imagen le devolvió el gesto—. La llevas claras, chaval.

1 comentario:

GELES VAMPI dijo...

MUCHAS GRACIAS POR ESTE NUEVO REATO ,ME ENCANTA ,FELICIDADES Y UN BESO