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martes, 3 de diciembre de 2013

Esclavo de las Sombras - Capítulo Siete

Después de recibir la llamada de Dylan donde los citaba para cenar esa misma noche en la central para luego asistir a la reunión programada, Mitchell se lo comentó a Jennifer nada más colgar el teléfono. Ella en respuesta se había ilusionado mucho con la idea de que hablaran sobre su caso. Esperaba que su problema quedara resuelto lo antes posible. Pero a los pocos minutos la expresión de su femenino rostro cambió por completo...

—¿Y qué ropa me voy a poner? —preguntó con preocupación—. ¡No puedo presentarme allí con unos simples pantalones vaqueros! —exclamó exasperada.

Mitchell la miró sorprendido por su cambio de humor tan inesperado y sin entender muy bien la importancia que podría tener el atuendo para una cena... ¡¿Qué más daba lo que uno se pusiera?! Con tal de ir vestido...

—Te pongas lo que te pongas, seguro que te queda muy bien —le dijo—. Por mí, como si quieres ir en ropa interior —añadió con una mirada socarrona.

Ella casi lo fulminó con la mirada y después de respirar profundamente un par de veces, le dijo con voz más calmada:

—Tengo que ir de nuevo a mi apartamento a por un vestido decente y acorde con la ocasión —dijo con firmeza.

Y antes de que él le contestara o dijera algo más, Jennifer se dirigió a su habitación para prepararse para la salida.

Comprobó que llevaba todo lo que necesitaba en su bolso y cuando pasó por al lado del hombre que la miraba anonadado, le dijo a la vez que arqueaba una de sus finas cejas rubias:

—¿Me acompañas o voy yo sola?

—¿En serio piensas que te voy a dejar ir sin mí? —sus ojos penetraban los suyos—. Parece mentira que aún no te hayas dado cuenta de lo peligroso que es salir a la calle a estas horas... —le regañó con voz plana.

Tomó las llaves de su moto que estaba encima de la mesita donde descansaba el teléfono fijo, y abrió la puerta. Se hizo a un lado, dejando el hueco de la misma libre.

—Las damas primero —hizo una pequeña y cómica reverencia, mientras la dejaba pasar.

Jennifer sonrió con su broma y le hizo gracia el cambio repentino de humor que tenía el hombre. Sin dudas los dos tenían mucho en común.

Con paso apresurado cruzó la puerta deseando estar pronto de regreso. Tenía que acicalarse para esa noche y quería lucir guapa porque... por... para... ¿Para Mitchell?. No, no podía ser que ella estuviera pensando en agradarle a ese pedazo de hombre... No, ella no era de esas que iban por ahí luciendo palmito para gustar a los del sexo contrario... ¿O se equivocaba y sin quererlo, estaba cambiando y ya no era la misma?

Ese hombre la hacía comportarse de una manera extraña. Estando junto a él se sentía mujer, atractiva y deseada... ¿Qué tenía Mitchell que la hacía ser consciente de su feminidad?

Mientras ella le daba vueltas a esas preguntas y otra más en su cabecita, el exterminador no le quitaba el ojo de encima al redondo y prieto trasero que se perdía tras la puerta abierta.

Aunque la mujer no lo hiciera a drede, tenía unos movimientos muy sensuales y sugerentes y a él no les pasaba desapercibidos ninguno de ellos.

Hacía más de una semana que no gozaba del cuerpo de una hembra y eso estaba acabando con él. Todo lo que miraba a su alrededor lo relacionaba con el sexo y no sabía cuánto más iba a aguantar esa situación.

Si no conseguía llevarse al centro de sus deseos a la cama, acabaría loco. Tenía que convencer a Jennifer de que él era el hombre que ella buscaba para calentar su cama. Debía hacerla entender que había muchos placeres en la vida creados para disfrutar sin compromiso alguno. Sexo por sexo, sin pedir nada más a cambio.

Ella tendría que comprenderlo... Todas lo habían hecho hasta ahora y ella no sería menos. O al menos, por el bien de su cordura, eso esperaba.

***

Estacionó su Harley Davidson en la acera de enfrente del inmueble y esperó a que Jennifer se bajara de la moto para hacer él lo mismo.

Sin apenas hablar algo de importancia, los dos fueron directamente al apartamento de la joven.

Un vez más había otro sobre en el suelo, esperando ser abierto. Al no poner remitente alguno, los dos comprendieron de lo que se trataba y esta vez, fue Mitchell el que la abrió antes de que ella se lo quitara de las manos.

Más fotos aparecieron en el interior del mismo y todas ellas de Jennifer en el cementerio.

Apenas había alguna en la que ella apareciera sola, ya que aquél triste día Mitchell la acompañó en todo momento.

—Esto tiene que acabar ya —siseó el exterminador con furia—. A partir de hoy voy a poner a un detective que vigile tu casa día y noche. Tarde o temprano el o la demente que te acosa vendrá a dejarte otra nota y se encontrará con una inesperada compañía y entonces...

Ella asintió con la cabeza y no le dejó terminar la frase. Ya se hacía una idea de lo que podría pasar después de eso... 

Le dio las gracias por ofrecerse a ayudarla y después dejó de mirar esas imágenes que le recordaban a su amiga y se fue a su dormitorio en busca de alguna prenda presentable.

Mitchell la esperó en el pasillo pero no pudo evitar espiarla desde la puerta entre abierta.

Vio como la muchacha rebuscaba en el armario y luego sacaba una prenda colorada y la deja encima de la cama, para continuar registrando en los cajones de la cómoda. Comenzó a sacar varias prendas femeninas e íntimas y las fue dejando todas amontonadas sobre el mueble.

Los lujuriosos ojos del hombre se llenaron con aquella imagen tan provocadora. No sabía que una mujer pudiera tener tanta lencería guardada, de todos los colores, formas y seguramente, de distintas texturas. Casi se le hace la boca agua con la idea de verla a ella vistiendo tan solo con aquellas finas prendas.

Jennifer se detuvo un momento, mirando fijamente el contenido del cajón que para él, le era imposible ver desde su posición y no supo de qué se trataba. Poco después, la joven sacó un conjunto de ropa interior muy sexy, de color rojo y con encajes. Casi pudo percibir la sonrisa que ella dibujó en su cara cuando dio con lo que buscaba.

En el momento en el que ella se giraba con esa delicada prenda en sus manos, Mitchell se alejó de la puerta para no ser descubierto.

A los pocos minutos la vio salir del cuarto con un vestido color burdeos, corto, de tirantes y muy escotado, colgado de una percha. En la otra mano llevaba unos zapatos de tacón del mismo color y de manera disimulada, llevaba las prendas femeninas que había escogido escondidas debajo del brazo.

Con mucha rapidez, se fue directa a la cocina a por una bolsa de plástico de color negro y lo metió todo menos el vestido; no quería que Mitchell viera aquella prenda tan provocativa, le daba vergüenza. Ella tenía poca experiencia con los hombres y por ello era aún muy recatada.

—Ya nos podemos ir —le dijo cuando salió de la estancia con las manos ocupadas—. Estoy lista.

Mitchell se giró al oírla entrar en el salón y después de despedirse de su locutor, colgó el teléfono móvil.

Había llamado a un amigo suyo que tenía contacto habitual con una agencia de detectives privados. El hombre le había prometido contratarle al mejor detective de la plantilla para encomendarle el trabajo que él solicitaba.

Acababa de llegar a un acuerdo con él cuando Jennifer apareció con el rostro teñido de color carmesí.

Mitchell sonrió para sus adentros sabiendo las razones por las que ella estaba ruborizada.

—Está bien —convino sin dejar de sonreír—. Será mejor que regresemos si no queremos llegar tarde.

Le dio una última calada al cigarrillo que ya tenía casi fumado y luego lo apagó en el cenicero que encontró más a mano.

Acontinuación, le hizo un gesto con la cabeza para que ella encabezara el viaje de vuelta a la calle. Una vez más sus ojos se llenaron con la hermosa imágen del bello trasero de la joven, que se balanceaba sensualmente de un lado para otro.

Jennifer era sin dudas alguna una mujer realmente femenina.

Y sin más, los dos bajaron por las escaleras ya que el ascensor seguía averiado y se dispusieron a montar de nuevo en la moto.

Pero un ruido procedente de la calle de al lado llamó la atención del exterminador.

—Entra ahora mismo en el portal de tu edificio y no salgas hasta que regrese a por ti —le aconsejó sin apartar la vista del oscuro callejón que había a pocos metros de la posición en la que se encontraban.

—Pero... —preguntó ella confusa. 

No sabia cuál era la razón por la que él actuaba así, ella no había oído ni percibido nada extraño.

—¡Ahora! —la urgió mientras metía las manos dentro de su cazadora de cuero y palpaba sus dos dagas afiladas. Estaban justo donde debían estar, listas para entrar en acción.

Aunque ya estaban a primeros de verano, todavía llevaba su chupa de cuero encima ya que así podía camuflar mejor sus queridas amiguitas punzantes. A parte, los de su raza se adaptaban muy bien a los cambios de temperatura sin padecer calor extremo o frío.

Se giró y la siguió con la vista y hasta que no la vio entrar al inmueble, no echó a correr hacia la fuente de aquél lamento masculino.

En pocos segundo se presentó en el lugar para encontrarse con un demonio sosteniendo a un pobre vagabundo por debajo de los brazos, mientras un vampiro se daba un festín.

—Thor, tenemos visita —dijo el demonio al vampiro que seguía succionando sin parar.

El chupasangres no había notado la presencia del exterminador que los miraba de manera amenazante.

—Eso parece —le contestó la sanguijuela cuando se hubo apartado del humano.

Todavía le chorreaba sangre por las comisuras de los labios, pero parecía no importarle en absoluto.

El demonio también reaccionó y tiró al inconsciente hombre que aún estaba con vida.

Las dos bestias se pusieron en forma de ataque, esperando encontrar la ocasión ideal para lanzarse contra él y atacarle.

Mitchell reconoció al vampiro de cabellos oscuros como uno de los dos monstruos que lograron escapar de la carnecería que había tenido lugar una semana atrás.

Los tres se miraron por un largo rato en silencio. Éste solo fue roto por la agitada respiración del humano mal herido que yacía en el sucio suelo.

Cuando el exterminador vio el casi imperceptible movimiento que hizo el demonio, sacó sus dagas a una velocidad tan rápida que nadie se percató de ello.

Y con la misma rapidez, las lanzó directas a las gargantas de sus contrincantes que ahora lo miraban estupefactos mientras caían al suelo sin vida para segundos después desvanecerse y convertirse en polvo.

Su puntería nunca fallaba y sus dagas se habían clavado en la carne como si se tratase de mantequilla. Por eso mismo las adoraba y eran sus armas predilectas.

El cuchillo que llevaba el demonio cayó al suelo haciendo un estridente sonido de metal y llenando el vacío del lugar.

Agarró las prendas y el arma de aquellos bastardos y los tiró al contenedor que tenía al lado. Luego se acercó al hombre que continuaba desmayado y después de comprobar que tenía pulso y éste aunque débil, era estable, cogió su móvil y llamó pidiendo una ambulancia.

Antes de que esta diera lugar a aparecer, se largó del lugar sin mirar a tras y fue a por Jennifer.

La mujer la esperaba en donde él le había dicho que lo hiciera. Se la notaba nerviosa pero al verlo llegar se le pasó todo y salió del edificio para reunirse con él.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó con curiosidad.

—He tenido que echar horas extras aun estando fuera de servicio —le comentó—. Nada inusual. Ahora monta que nos regresamos ya.

Ella miró el reloj y comprobó que faltaba poco para la hora en la que habían quedado con Dylan y los demás de la organización, y aún tenía que prepararse.

—Sí, será lo mejor.

Y justo cuando la moto salía disparada por el asfalto, una ambulancia llegaba con las luces encendidas y a toda velocidad.

1 comentario:

P.F. Roche dijo...

Muy bueno :) Estos dos van a caer pronto en la tentación, lo presiento xD jeje
Espero ansiosa el siguiente capi!!
Besos