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viernes, 29 de noviembre de 2013

Esclavo de las Sombras - Capítulo Cinco

—¿Tienes alguna idea?

—Hombre —dijo Dylan mirando a Mitchell y su adorable carga—. Si no te la llevas tú, me la llevo yo y le doy mis cuidados.

Mitchell gruñó con aquél pensamiento. Por alguna extraña razón, la sola idea de que otro hombre tocara a esa mujer, lo carcomía por dentro.

—Ni se te ocurra —le amenazó enseñándole los dientes—. Esta hembra es cosa mía.

Dylan levantó las manos en un gesto de rendimiento.

—Pues por fin ya tenemos hogar para la dama —miró enrededor, donde se encontraban y negó con la cabeza—. Se han pasado esta vez. Lo extraño fue la cantidad de criaturas y la poca experiencia que tenían —dijo asqueado—. No sabían ni pelear, pensé que nos darían algo más. Venían a por ellas como los mosquitos a la luz.

—Cierto y eso no es algo normal en ellos —Mitchell se quedó un momento pensativo y añadió—: Es como si fueran recién convertidos. ¿No opinas lo mismo?

La chica que sujetaba entre sus brazos comenzó a despertarse. Abrió los ojos y lo miró con miedo, mientras se retorcía entre sus brazos, intentando zafarse de su agarre.

—Tranquila gatita, ya estás a salvo —le susurró para que se tranquilizara.

Luego alzó la vista y prestó atención a lo que decía su compañero.

—Sí, su sed de sangre era imparable, siquiera nos miraban, solo buscaban la sangre de las humanas —decía mientras se limpiaba los restos de sangre de las manos en la tela de sus pantalones de cuero.

—Hace años que no tenía una pelea tan de bajo rango con un montón tan grande de estos hijos de puta —convino Mitchell, mientras la rubia lo miraba en silencio sin saber qué decir o hacer.

—¡Ni qué lo digas! —afirmó Dylan, tras sacarse la petaca del bosillo interior de su chupa de cuero, una vez tuvo las manos limpias—. En fin, me voy a dar otra ronda, a ver si encuentro más diversión por ahí —miró la carga de su colega, antes de añadir—: Ya sabes, si no sabes qué hacer con ella, yo estaré encantado de encargarme de su seguridad. En casa tengo sitio más que de sobra para una preciosidad como ella.

—He dicho que yo me haré cargo de ella—dijo Mitchell con los dientes apretados, girando sobre sus talones—. Yo también me largo ya.

Llamó a su mascota con un silvido. Luego pronunció en latín las palabras necesarias para invertir el hechizo y después de un destello, en el suelo apareció su anillo, justo donde había estado antes el animal. Cómo pudo, se agachó y lo tomó de regreso y sin más desapareció con su pequeña carga en brazos.

Cuando ya no se encontraban en aquél siniestro callejón y estaban a solas, Jennifer tosió sin disimulo alguno, para llamar la atención del exterminador, que avanzaba con paso decidido.

—Pero, ¿a dónde me llevas? —preguntó, todavía en estado de shock y débil por la pérdida de tanta sangre.

—De momento, a mi casa —respondió Mitchell renegando, mientras continuaba con su caminata.

No era que no estuviese contento con la idea de tener una mujer bella en su casa, no, ese no era el problema. El problema era que hasta que no decidiera que hacer con ella, esa rubia tendría que convivir con él una temporada y él odiaba las obligaciones y los compromisos.

Pero no le quedaba otra.

—¿Y qué pasará con Saraí? —exclamó alarmada—. ¡No podemos dejarla allí tirada!

—No te preocupes, llamaré a los del servicio de limpieza y ellos se encargaran de ella.

<<¿Servicio de limpieza? ¿Qué diablos era eso?>>.

Mitchell viendo la expresión de la joven, que reflejaba confusión, se apresuró a explicarle:

—En la organización tenemos un grupo de chicos que se ocupan de limpiar la zona donde se ha producido una batalla. Se encargan de hacer desaparecer las ropas de los bastardos asesinados, de las armas o de cualquier prueba que revele lo que ha ocurrido allí.

—¿Y por qué no puedo regresar a mi apartamento?

—¿No crees que haces demasiadas preguntas?

Ella lo miró haciendo una mueca de desagrado.

—¡No faltaría más! ¡He tenido la peor noche de mi vida! Para empezar, casi me violan, por poco más me dejan sin una gota de sangre y a Saraí... —no pudo continuar hablando, las lágrimas acudieron de nuevo a la puerta de sus ojos.

¡Eso sí que no! Él no podía lidiar con eso. Lo suyo no eran las mujeres que lloraban, eso lo superaba. Y ahora tenía a una en brazos que le estaba empapando la camiseta. Pero comprendía su pena y la entendía.

Él también había perdido a muchos seres queridos a los largos de sus años de existencia. Y estos eran muchos.

—Creo que tengo derecho a saberlo —dijo finalmente, aún hipando.

Y encima, tenía razón.

—Escaparon dos vampiros y ahora ellos conocen tu identidad. Es solo cuestión de tiempo que den con tu dirección y te vuelvan a dar caza.

Jennifer se estremeció entre sus brazos, escondiendo el rostro en su musculoso pecho, cuando le escuchó decir aquello.

—A ninguno de los bandos nos interesan que los humanos queden libres conociendo nuestra existencia. Eso nos pondría en peligro a todos.

—Entonces, ¿vosotros también tenéis que encargaros de eliminarme?

<<Por favor, por favor, que diga que no. No he salido de esta para luego acabar igualmente frita>>, suplicó en silencio.

—Tranquila —le dijo, notando su inquietud—. Nosotros no somos como ellos, unos asesinos a sangre fría.

—¿Entonces...? —Jennifer dejó la pregunta en el aire.

—Aún no lo sé, pero ten por seguro, que nadie te pondrá las manos encima para lastimarte.

Y eso era una promesa que pensaba cumplir a raja tabla.

***

Media hora después, estaban ya a las puertas de su mansión, a las afueras de Londres.

Por el camino había llamado al equipo de limpieza para que se encargaran de todo. Ellos mismo enviarían el cuerpo de Saraí a la morgue y allí tramitarían el papeleo para que procedieran con todo lo referente al funeral. El doctor que se encargaría de la autopsia era un aliado y sabría cómo actuar ante una victima asesinada a manos de vampiros. Estaba todo controlado y no habría constancia alguna para el resto de los mortales sobre lo que realmente le había pasado a la difunta; la organización sabía como cubrir sus pies.

—¿Crees que tienes fuerzas suficientes para mantenerte en pie?

Jennifer asintió con la cabeza, mientras admiraba la belleza de aquel inmueble, de estilo moderno y en perfectas condiciones. Se notaba que era una construcción nueva.

Mitchell la ayudó a ponerse en pie y la sujetó del codo para que no perdiera el equilibrio y con la otra mano libre, abrió la puerta con sus llaves.

Empujó la puerta y juntos entraron al interior de la vivienda. Jennifer se quedó con la boca abierta con la hermosura de aquél lugar, que mirases por donde mirases todo era prácticamente nuevo y de estilo moderno. Los colores blanco y negro predominaban el lugar, tanto en mobiliario como en la decoración.

Cuadros de figuras abstractas y sin sentido alguno colgaban de las blancas paredes pintadas en liso, que parecía mármol por su brillo y tacto.

Los sillones de piel eran también blancos, a juego con las cortinas de las ventanas del salón, en cambio los muebles eran negros, al igual que la gran alfombra que cubría casi todo el piso de la estancia. Hacía buen contraste con el mármol blanco del suelo.

—Ven, toma asiento mientras curo tus heridas.

Antes de que Jennifer pudiera protestar, Mitchell había ido a la cocina a por el botiquín de primeros auxilios. Después de lavar y curar los múltiples arañazos que tenía en sus piernas y manos, le indicó donde pasaría la noche.

Acordaron ir a la mañana siguiente al tanatorio a velar por su amiga y luego, después del entierro, se acercarían a la casa de ella a por sus cosas más básicas.

Cansada y agotada por aquella larga e infernal noche, Jennifer se retiró y se fue a dormir y a descansar un poco. No había hecho más que dejarse caer sobre la colcha blanca de la cama, cuando las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos. Cada vez que los cerraba, a su mente acudía las terribles imágenes de todo lo sucedido y sobre todo, la imagen que más la afligía era la de su amiga Saraí yaciendo en el suelo.

Finalmente, en medio de su pena, logró conciliar el sueño, lleno de pesadillas y en donde sólo encontraba consuelo entre los brazos de Mitchell.

Gracias a él estaba aún con vida.

***

La mañana del día siguiente la pasó llamando a todos los conocidos a los que podría interesarle la nefasta noticia y les avisó del lugar donde se llevaría a cabo la misa por su alma y demás.

Una hora después estaba en el tanatorio despidiéndose de Saraí. No había mucha gente en el lugar, pues tanto su amiga como ella, no tenían familiares conocidos, pero la directora del orfanato se presentó sin demora alguna. También asistieron algunas amigas que tenían en común y la mayoría de sus vecinas.

Y así avanzó el día, de manera triste y dolorosa, hasta que finalmente el ataúd de Saraí fue enterrado bajo tierra en aquél lóbrego cementerio.

En todo momento estuvo Mitchell a su lado, consolándola cuando hacía falta y guardando silencio cuando era necesario.

Otra razón más para estarle agradecida.

Eran ya casi las nueve de la noche cuando llegaron montados en una preciosa Harley Davidson a su apartamento. Mitchell se ofreció a ayudarle con la tarea de empaquetar y bajar luego el equipaje y Jennifer se lo permitió.

Nada más abrir la puerta, encontró un sobre blanco en el suelo. No llevaba nada escrito por fuera y tampoco era que lo esperase, siempre aparecía así, sin indicar quién era el remitente.

Mitchell notó como a la joven le temblaron las manos cuando tomó el sobre del piso y eso solo podía significar que no era nada bueno.

—¿Ocurre algo?

Ella simplemente se encogió de los hombros y procedió a ver su contenido. Más fotos aparecieron dentro, la primera era de ella junto a Sarai, haciendo cola en la fila para entrar en la discoteca. Pasó a la siguiente y se vio así misma sola en la puerta del local, intentando localizar a su amiga; la siguiente era de cuando había sido atacada por aquellos seres despreciables y la última era de ella tomada en brazos de Mitchell.

Alguien la había estado siguiendo, había visto el problema en el que se había metido y no hizo nada por evitarlo. Ni siquiera avisó a la policía pidiendo ayuda.

Mitchell tomó las fotos de la mano de Jennifer, al ver que se había quedado petrificada y clavada en el lugar, sin reaccionar ni nada.

Echó un vistazo al contenido y comprendió la razón de tal estado.

—¿Quién te hizo estas fotografías?

—No lo sé... —abrió la boca para decir algo más, pero luego, como si se hubiera arrepentido, la volvió a cerrar.

—¿Es la primera vez que recibes algo así?

Bueno, quizás era momento de hablar con alguien sobre eso.

—No, aquí tengo otras cartas y notas que he estado recibiendo en estas últimas semanas.

Avanzó hacía su mueble del salón y extrajo del cajón todo lo que tenía guardado sobre ese continuo acoso.

Mitchell se quedó ojeándolo mientras ella se fue a su dormitorio a preparar su equipaje. Metió en su vieja mochila lo más básico por el momento, tampoco sabía cuanto tiempo iba a estar ausente, así que decidió llevarse tres o cuatro mudas de ropa, un par de pijamas, ropa interior y su neceser de aseo.

Cuando ella regresó al lado suyo, con la pequeña mochila sobre un hombro, Mitchell la esperaba con semblante serio.

—¿Has hablado con la policía sobre esto? —preguntó, balanceando las cartas y fotografías que todavía sostenía en sus manos.

—No.

—¿No?

Jennifer bajó la cabeza y fijó su mirada en sus pies, ocultando su rostro avergonzado. Sabía que había sido una inmadura dejando ese tema tan importante de lado, pero es que temía que la persona responsable de todo eso tomase represalias con ella.

Cuando Mitchell vio la expresión de Jennifer, decidió no presionar más y dejarlo estar.

—Está bien, ya no hace falta que lo hagas. Yo personalmente me encargaré de este asunto —guardó las pruebas dentro del bolsillo interior de su chupa de cuero—. ¿Estás lista ya?

—Creo que de momento tengo todo lo que voy a necesitar para pasar una semana o así... ¿Cuánto tiempo calculas que tendré que estar en tu casa?

—Aún no lo sé. Cuando tenga la próxima reunión con los de la organización, que será dentro de unos días, sacaré el tema y hablaremos al respecto -tomó la mochila de la joven y la puso sobre su espaldas—. Ahora, vámonos.

Y sin perder más el tiempo, los dos montaron de nuevo en la Harley Davidson y desaparecieron en la noche.

1 comentario:

P.F. Roche dijo...

¡Qué interesante! :)
Cada capítulo me deja con más ganas de leer el siguiente. Besos