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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Pasión Desenfrenada: Cuarta y Última Parte

   Alzó sus caderas una vez más, para luego dejarse caer con fuerza hasta enterrarse hasta el fondo del todo en su interior, provocando que ambas pelvis chocasen de nuevo. Repitió los movimientos varias veces más, cada vez con más velocidad, sumergiéndose una y otra vez en la cálida y acogedora cavidad de Jane.
   Ésta acogía las embestidas con mucho gusto, disfrutando del momento. Sus talones descansaban sobre las desnudas y firmes nalgas de Max. Sus brazos que seguían esposados en el cabezal, se agitaban bajo los empujones que ejercía el hombre sobre ella.
   Ambos estaban con las pieles perladas en sudor, acalorados y jadeantes. Sus respiraciones trabajosas estaban agitadas. Apenas podían susurrar algo más que no fuera un <<Oh, sí, no pares>> o <<esto se siente tan jodidamente bien nena>>.
   Los minutos se sucedían sin pausa alguna, las arremetidas cada vez eran más frenéticas, los ritmos cardiacos estaban a niveles peligrosamente altos. Las hormonas estaban extremadamente revolucionadas y el nudo de tensión sexual que se habían formado en ambos ardientes cuerpos, estaba a punto de desatarse en una explosión que los dejaría a los dos flotando en las nubes; y así fue, tras veinte minutos de toma que te dale, compartiendo fluidos, besos, caricias y palabras susurrantes, llegó el clímax pisando fuerte. Los dos lo abrazaron con fuerza y se dejaron llevar por la espiral de placer que los engullían.
   En cuanto descendieron del cielo, los amantes quedaron exhaustos, con las frentes apoyadas la una en la otra y con los rescoldos del orgasmo, todavía fluyendo por sus desnudos y ahora satisfechos cuerpos.
     ¡Oh, Dios! —exclamó Jane, con la voz agitada—. ¡Ha sido maravilloso!
   Ni que lo digas... —afirmó Max, besando sus labios una vez más. Cuando dejó de beber de ellos, añadió—: Esto tenemos que repetirlo...
   La miró a los ojos, sin saber qué diría ella al respecto. Una cosa era quedar para follar, y luego <<si te he visto, no me acuerdo>>, cada uno para su casa, ¡y listo! Pero otra bien distinta sería repetir... Eso bien se podría considerar una relación... De qué tipo, sexual o algo más serio, no lo sabía, todavía era pronto para saberlo. Además, se acababan de conocer y aún no sabían mucho el uno del otro. Si ella lo rechazaba, entonces la dejaría ir y no la molestaría nunca más, pues si volvía a repetir de nuevo la experiencia orgásmica y placentera que acababa de vivir, seguro que acabaría enganchado a ella y a su sublime cuerpo como un drogadicto y querría más, y más... y no se conformaría con menos. O aceptaba tener algo entre los dos, o en ese momento se acaba lo que fuera que se había formado entre ellos; Jane tenía la última palabra.
   Jane lo miró incrédula. No sabía qué responderle. No había pensado en eso... En verdad, no había pensado en nada. Se había dejado arrastrar por las ganas de echar un polvo con ese hombretón que tan caliente la ponía, que no se había parado a pensar en el después... Tenía que reconocer que lo que había visto de él, le gustaba... y mucho. Pero no estaba segura de nada... ¿Y si se acababa enamorando de él y luego la abandonaba cuando éste se hartase por que solamente ansiaba de ella su cuerpo? Ella no quería ser la amante de nadie, quería una relación con futuro... No esperaba que Max aceptara así sin más algo serio con ella, pero sí quería saber si él estaría de acuerdo y dispuesto en al menos intentarlo...  
 Max... yo... —lo notó ponerse tenso. Su mandíbula la tenía ahora cerrada con fuerza—. La verdad es que me gustaría repetirlo y más de una vez...
   Pero... —dijo él, saliendo y quitándose de encima de ella con lentitud. Jane sintió un vacío al no sentirlo ahora dentro.
   No quisiera que me tomaras por lo que no soy —susurró. Tenía la mirada baja, pues no tenía el valor de afrontar la suya—. Lo que he hecho hoy ha sido algo excepcional, no voy por ahí acostándome con el primero que me encuentro.
   Yo no he dicho lo contrario —puntualizó él, que ya se estaba incorporando. Se quitó el condón usado y después de hacerle un nudo, lo tiró al suelo. 
   Lo sé. Pero quería dejarlo claro. Al igual que quiero que sepas que yo soy más de relaciones serias...
   Ahora sí que levantó la mirada para ver la reacción de él.
  Yo también. Aunque confieso que ahora mismo no sé si estoy preparado para comenzar con una.
   Entonces, no hay nada más que decir —dijo resignada, con una mirada triste reflejada en sus ojos—. ¿Me puedes liberar por favor? Los brazos se me están comenzando a entumecer.
   Sí, claro. Perdona —Max se levantó y cogió del armario las llaves de las esposas y con éstas, las abrió.       
   Jane se masajeó los brazos, para que volviera a circular mejor la sangre por ellos. Mientras, Max tomaba unos Boxes del primer cajón de la mesilla de noche y se los ponía.
    Estaba serio. Era obvio que ella no quería tener con él de vez en cuando un revolcón. Quería algo más. Y aunque en un principio eso era lo que él quería, ahora no estaba del todo seguro, pues él quería una mujer que aceptara el lazo que había entre él y Michelle. Y no sabía si ella era sería esa mujer o no...
    Jane, por su parte. Se había incorporado en la cama y estaba comenzando a vestirse. Ahora que las llamas de la pasión se habían extinguido y la realidad se hacía paso en su ya despejada mente, se sentía mal. No era que se arrepintiera, aunque tampoco lo tenía muy claro, pero sí que estaba algo decepcionada. Creyó por un momento que él aceptaría sin preámbulos quedar de nuevo para intentar algo juntos; pero por lo visto, estaba equivocada.    
   —Espero que no te importe regresar a tu casa en taxi, pues no puedo abandonar el piso... No ahora que mi hermano no está.
   Aunque Jane sentía una tremenda curiosidad por saber porqué razón no podía hacerlo y qué era lo que le estaba ocultando, no dijo nada. Simplemente asintió con la cabeza mientras terminaba de vestirse, sin sostén; éste se encontraba destrozado y tirado en el suelo.
   Sin decir nada más, Max tomó el preservativo usado y el sujetador del piso y salió de la habitación para ir a la cocina. Desde allí, tras haber tirado lo que portaba al cubo de la basura, llamó a un taxi. Cuando regresó, se encontró a Jane terminando de calzarse los zapatos; también había ordenado un poco la cama.
   Jane... —la llamó desde el vano de la puerta donde estaba parado con un grueso hombro apoyado en el marco.
    La mujer se giró a mirarlo. Sintió un nudo en el estómago al verlo así de sexy, con el torso desnudo y vistiendo solamente unos vaqueros desabrochados que en algún momento, se había puesto.
   ¿Sí? —preguntó ella tras tragar saliva. Ese hombre le robaba la respiración con tan sólo su presencia.
   Antes te dije que no sabía si estaba listo para una relación seria, pero no dije que no estaba dispuesto a intentarlo y probar a ver...
    Ella lo miró perpleja, sin saber qué decir. Por un lado le consolaba saber que él estaba tan interesado en ella, que incluso se esforzaría en intentarlo. Pero por otro lado, no estaba tranquila con la situación. Apenas lo conocía y no sabía cómo consideraba él el concepto <<relación sería>>. Quizás para él, una relación así consistía en ser los dos fieles el uno al otro, y punto, sin llegar a más. En cambio, ella quería estabilidad, un futuro, una boda, hijos... Todo lo que su ex nunca quiso.
   Max, ¿realmente qué es lo que quieres de mí? —le preguntó Jane, dando un par de pasos hacia delante, para ponerse enfrente de él y más cerca.
   Conocerte, saber si eres una mujer tan maravillosa como presiento... Volver a probar tu néctar, sentir de nuevo tu pasión. Verte sonreír. Escuchar tu voz... Lo quiero todo de ti —confesó al fin, sorprendiéndoles a ambos. Él no se esperaba abrirse así, pero si querían intentar algo juntos, eso era lo mejor.
   ¿Y si te dijera que yo busco lo mismo en ti y que si lo que encuentro me gusta mucho, querré más? —él la miró con el ceño fruncido, mientras asimilaba sus palabras—. No digo que sea algo cercano, pero si todo marcha bien, me haré ilusiones y querré dar un paso más... Querré ser una mujer casada y tener niños... —antes de que él dijera algo, aclaró—: No quiero que pienses que te obligo a comprometerte a todo esto si aceptas, solo quiero que sepas como soy, que es lo que espero de la vida, de una relación... ¿No decías que querías conocerme? Así soy yo... Y si en tus planes del futuro no te ves casado de nuevo, ni con hijos ni nada por el estilo, entonces, será mejor que pongamos punto y final a esta locura...
   Max, que hasta entonces la miraba con interés todo serio, sonrió. Jane se sintió morir derritida en un charco en el suelo, cuando lo vio hacerlo.
   ¿Me creerías si te dijera que mis planes son similares a los tuyos? —confesó—. Si ya estuve una vez casado, ¿porqué no iba a volver a estarlo? Y con respecto a lo otro... Será mejor que vengas, antes de que decidas nada, hay algo que tienes que saber...
   Le tendió la mano y, algo dubitativa, Jane se la tomó. Él tiró de ella y la llevó fuera de la habitación. Sin soltarla, la guió hasta el fondo del pasillo, donde había una puerta cerrada. Con la mano libre, giró el pomo y la abrió. Una vez que había ingresado en el dormitorio, se dirigió en la oscuridad hasta la mesilla de noche y encendió la lamparita; Jane se había quedado en la puerta esperando.
   Nada más iluminarse la instancia con una débil luz, Jane pudo ver a una niña de unos dos años, durmiendo en una cama. Sus cabellos eran del mismo color que los de Max. Era muy bonita y dormía abrazada a un osito de peluche.
   Max, que se había alejado de la mesilla, estaba en ese momento arropando a su niña, que estaba medio destapada.
   Te presento a mi hija Michelle.
   Jane, tras la revelación había atado cabos:
   Ésta preciosidad es la razón por la cuál tu hermano y tú os comportabais de manera tan extraña, ¿no?
   Max asintió con la cabeza. Volvía estar serio. Estaba esperando a ver qué opinaba ella tras confesarle lo que le estaba ocultando desde que la trajo a su piso.
   ¿Porqué la has ocultado hasta ahora y no me lo dijiste antes?
  No sabía cómo te lo ibas a tomar... Si te echarías atrás al ver que era padre. Tampoco sabía si te gustaban los niños o no... Y te tenía tantas ganas, que no quería arriesgarme.
   Aquella afirmación inflamó el ego de Jane. Con una sonrisa en los labios, se acercó a él, se sentó en su regazo y colocó los brazos en su cuello; Max estaba gratamente sorprendido por cómo se estaba desarrollando los acontecimientos, por eso, la besó con pasión renovada.
   El sonido del timbre del interfono, rompió la magia del momento.
    Creo que mi taxi ya está aquí —se lamentó Jane, mientras se incorporaba.
   Con un suspiro de resignación, Max hizo lo mismo.
   Entonces... ¿Nos volveremos a ver? —le preguntó éste, mientras los dos iban cogidos de la mano, hacia la cocina para atender la llamada.
   Si ella decía que sí, entonces estaría admitiendo que no le importaba que él fuera padre y que estaría dispuesta a intentar tener una relación seria con él. Si ponía alguna excusa, le daba largas o directamente, le decía que no. Entonces él tendría que admitir que todo se había acabado entre ellos... Aunque lo lamentara.
   ¿Es lo que realmente deseas tú? —ya habían alcanzado la cocina y el timbre estaba sonando por segunda vez.
   Lo que yo realmente quiero es que te quedes a pasar la noche aquí conmigo para demostrarte de nuevo lo mucho que deseo estar contigo.
   Jane jadeó ante tal confesión, sintiendo cómo se volvía a humedecer. Se había quedado tan gratamente sorprendida, que no pudo articular palabra alguna. Por eso, se limitó a asentir con la cabeza.
   En el rostro de Max se dibujó una sonrisa ladeada, acompañada de una mirada pícara cargada de promesas húmedas. 
      Ponte cómoda, enseguida regreso.
    Max se bajó a pagarle y despedir al taxista, mientras Jane regresaba al dormitorio y se desnudaba de nuevo.
    Ninguno de los dos sabían qué ocurriría tras otra loca sesión de sexo, ni si las cosas le irían bien en un futuro, pero lo que sí tenían claro, era que lo iban a intentar y que se iban a dejar llevar por la Pasión Desenfrenada que surgía cada vez que estaban juntos.


FIN

miércoles, 7 de agosto de 2013

Pasión Desenfrenada: Tercera Parte

   Nada más ingresar en el dormitorio portando en las manos su arma, la porra y las esposas, Max se dirigió directamente al armario de cuatro puertas que había al lado de la entrada y tras abrir la de la derecha, la caja fuerte que había allí dentro, escondida, le dio la bienvenida. Tras ingresar la numeración secreta correspondiente, procedió a guardar allí sus pertenencias, que eran más bien sus <<herramientas>> de trabajo.
   —No guardes las esposas por favor —le suplicó Jane desde la cama donde se encontraba recostada sobre la cubierta de color salmón, llevando como única vestimenta su ropa interior que consistía en un sujetador blanco de encaje y un tanga a juego—. Siempre he tenido la fantasía de hacerlo estando esposada... —reconoció tras ruborizarse al instante tras ser consciente de su comentario tan atrevido y descarado.    Max, con una diminuta toalla azul celeste envuelta alrededor de su estrecha cintura, se giró tras haber cerrado la caja fuerte y la puerta del armario, con las esposas en una de sus manos. Le dedicó una sonrisa de suficiencia, mientras que, con andares seguros y firmes, se acercaba hasta ella. Una vez que había tomado asiento en el borde de la cama, al lado de Jane, le retiró un pequeño mechón del rostro para ponérselo tras la oreja y le susurró con voz socarrona:    —¿No te da miedo pedirle algo así a un total desconocido? —Se notaba en la voz que, aunque la estaba regañando por su osadía, hablaba medio en broma—. Podrías estar ante un loco demente que se dedica a seducir jovencitas para después de gozar de sus cuerpos, asesinarlas... o algo por el estilo...
   —Confío en ti —fue su escueta respuesta ante su pulla.
   —No deberías...
   —Eres un agente de la ley, sé que no me harás daño a drede...
   —Que sea un Guardia Civil no te garantiza que no pueda estar desequilibrado...
   —No creo que te arriesgaras haciendo algo así, nos han visto ingresar juntos en tu apartamento —Él la miró ceñudo—. La recepcionista de las oficinas y tu hermano Sam...
   —Igualmente, no deberías de ser tan confiada... —continuó recriminándola él, devorándola con la mirada y sin dejar de acariciar su larga melena, ahora libre de ataduras ya que no la llevaba recogida en una coleta.
   —Espera... —dijo ella tras razonar un poco—. ¿Acaso crees que me voy con cualquiera a su piso y le pido que me inmovilice? —Lo miró incrédula antes de añadir—: ¡Claro!, no me conoces de nada y me creerás capaz de eso, pues solamente sabes que soy una mujer necesitada que a la mínima que prestaste interés en mí, me lancé a tus brazos... —Él no dijo nada al respecto, pero dejó de acariciar su melena para mirarla fijamente, con los labios firmemente apretados en un mohín serio—. ¿Sabes? Creo que esto ha sido un error... —comenzó a decirle mientras hacía el amago de incorporarse, pero él la detuvo, sujetándola del brazo.
   —Solamente me preocupo por ti, no pienso nada malo sobre tu persona —le dijo con seriedad—. Tú también podrías tener una mala impresión de mí, viendo cómo estoy actuando, siendo además lo que soy... A lo que me dedico... —confesó—. Pero ambos somos adultos y hemos decidido entregarnos uno al otro sin reparos, sin explicaciones, sin censurarnos ni nada por el estilo —admitió retomando con su mano libre, las caricias en su oscura cabellera que tan hipnotizado le tenía.
   —Un año —susurró ella, evitando mirarlo a los ojos, mientras se mordía el labio inferior. Él la miró sin comprender y detuvo de nuevo el avance de su mano sobre sus sedosos cabellos, para poder sujetarle del mentón y obligarle así a que lo mirase, animándola a que continuara con su explicación—. Ese es el tiempo exacto que hace que no me acuesto con un hombre.
   —No tienes porqué excusarte, ni darme explicación alguna...
   —Lo sé, pero es que quiero dejar bien claro que no voy por ahí tirándome a cualquiera... —Suspiró mientras se acercaba al borde de la cama y se sentaba al lado suyo—. Mi ex me hizo tanto daño al negarse rotundamente a formalizar nuestro noviazgo tras cinco años de relación,  negándose a contraer matrimonio conmigo y formar juntos una familia, que desde entonces no he querido saber nada del sexo opuesto, hasta hoy...
   Max pasó su brazo izquierdo sobre sus hombros y la estrechó, acercándola más hacia él. Le dio un ligero beso en la coronilla de la cabeza y decidió ser sincero con ella también:
   —Yo también hace más de un año que no he tenido relaciones sexuales con una mujer, desde que enviudé hace ya casi quince meses —Su voz bajó un par de tonos y sonó compungida.
   —Lo siento tanto... —Max no la dejó terminar, se abalanzó sobre ella y la silenció con un beso salvaje que les robó a los dos el sentido.
   Con su pequeño asalto, Jane acabó de espaldas sobre la colcha de la cama, con su peso encima y ambos pechos rozándose; el de ella, blandito y suave, el de él, duro y firme.
   Ambos notaron las palpitaciones de sus corazones en el pecho del otro, mientras continuaban devorándose a besos, jugando con sus lenguas, mordisqueándose uno al otro los labios y dejando que la pasión resurgiera de nuevo de entre las cenizas.
   Con gran maestría, y sin romper el contacto de las bocas unidas, Max se movió encima de Jane, arrastrándola consigo hasta la cabecera de la cama. Cuando la mujer se fue a dar cuenta, tenía ambas muñecas apresadas en las esposas que con tanta habilidad, Max le había puesto; ahora no podía mover los brazos, pues éstos, que descansaban sobre la almohada por encima de su cabeza, estaban sujetos a los barrotes de la cabecera de la cama, gracias a las esposas metálicas que tan bien se le ceñían.
   Max se separó de ella lo justo para poder contemplarla a gusto. Verla en su cama, sometida, indefensa, con apenas algo de tela sobre su blanquecina y suave piel, le hizo jadear de deseo. Con su vista clavada en los ojos de la impaciente mujer que se retorcía ansiosa porque él se acercara de nuevo a ella, se quitó la toalla de ridículo tamaño para su hombría, liberando su hinchada verga, que nada más verse libre, apuntó hacia ella.
   Ahora fue Jane la que gimió de impaciencia, con la vista turbada de deseo, la respiración errante y el cuerpo estremecido ante la anticipación de lo que estaba por venir. Sentía sus pezones tan erguidos, hinchados y duros, que creyó que acabaría rompiendo la fina tela del sostén. Inconscientemente, desvió su mirada hacia sus endurecidas cimas, rompiendo el contacto visual con Max. Éste, relamiéndose los labios y acomodándose entre las piernas ahora abiertas de Jane, siguió con la mirada la dirección de la suya; pronto aquella pequeña pieza de lencería, dejó de ser un inconveniente entre sus boca hambrienta y los senos redondos y hermosos, de Jane.
   —Tranquila nena, no te preocupes... Te compraré uno nuevo, o los que hagan falta... —susurró Max al ver la expresión en el rostro de Jane tras ver cómo su sujetador, uno de sus preferidos, había sido reducido a finos tirones de tela y encajes blancos, en un abrir y cerrar de ojos.
   —No hace falta, tengo más en...
    —Shhhh... —rechistó, apoderándose de nuevo de sus hinchados labios, para silenciarla una vez más.
    Cuando Max se cansó de beber de los labios de Jane, liberó su boca jadeante para dejar un reguero de ardientes besos desde su suave barbilla, hasta el nacimiento de sus senos. Tras dejar su huella ardiente en la enardecida piel de la excitada muchacha, se centró en sus pezones: primero atrapó uno de ellos con los dientes, dándole pequeños mordiscos y lengüetazos, haciendo que su habilidosa lengua rotara alrededor del inhiesto botón sonrojado, humedeciéndoselo. Mientras tanto, su mano derecha jugó con la otra cima, pellizcándola y tirando de ella haciendo que Jane gimiera deliciosamente de placer, una y otra vez, provocando en él que su más que endurecido miembro, vibrara dolorosamente.
      ¡Oh, Max!, esto se siente tan bien... —susurró Jane con la voz cargada de necesidad.
     Tras la confesión de la mujer, Max sonrió más para sí mismo, mientras abandonaba aquellos apetecibles globos pesados y tiernos, para retomar los besos sobre aquella cálida piel, que por momentos se ponía más caliente y erizada gracias a sus atenciones. Besó y lamió, hasta alcanzar el rasurado monte de Venus de Jane.
     ¡Oh, Dios mío! —exclamó cuando sintió cómo Max le separaba sus húmedos pétalos para localizar aquél nudo mágico donde se centraban todos sus sensibles nervios. Lo atrapó con su boca, jugando con él, provocando una oleada de sensaciones placenteras y orgásmicas en Jane.
    Tras liberar el sabroso clítoris de la mujer, Max arrastró su lengua desde ese punto hasta la abertura codiciada, para luego hundirla hasta el fondo, saboreando todos los jugos cremosos que allí se encontraban reunidos. Le hizo el amor con la boca, le dio varios lengüetazos por todo el sexo y se entretuvo de nuevo, y más de una vez, con el botón de su feminidad, hasta que notó que sus pesados testículos estaban a punto de reventar.
    Jane, que en todo momento se dejó hacer, le pidió a Max, cuando éste se incorporó y dejó de comérsela con la boca, aquella boca creada para pecar y que le había regalado un par de fabulosos orgasmos, que se acercara para poder ella devolverle el favor; y eso hizo Max, se arrodilló al lado de su cabeza y le ofreció su ansiosa verga.
     Al principio, a Jane le costó coger el ritmo de la felación, puesto que al no disponer de toda la movilidad necesaria al verse maniatada, no podía establecer ella misma el ritmo de las embestidas de la polla de Max contra su boca, pero él supo cómo acoplarla en esa cavidad húmeda: le sujetó la cabeza con ambas manos y con lentitud, deslizó una y otra vez su largo y recio eje, dentro y fuera de allí, hasta que se quedó satisfecho; ya tenía su hombría lubricada.    Tras dejarle un vacío en la boca de Jane y ponerse un condón que extrajo de último cajón de su mesilla de noche -primeramente se sercioró de que no estuviera caducado-, Max cubrió con su corpulento cuerpo, el de ella, mucho más menudo y delgado, para acomodarse entre sus piernas, sin dejar de apoyar la mayoría de su peso, sobre sus musculosos brazos que descansaban a ambos lados de Jane, que mientras tanto lo miraba expectante, deseando que llegara el gran momento; y no tuvo mucho que esperar, pues una vez que Max se posicionó entre sus muslos y le acarició el coño para comprobar que, efectivamente, estaba preparada para él, encaró la cabeza roma de su pene y la penetró hasta el fondo de una sola estocada
     ¡Joder nena, qué estrecha estás! —rugió con voz ronca, sin salirse de su interior, ni moverse siquiera, saboreando aquél maravilloso momento en el que ambos estaban unidos a través de sus sexos palpitantes—. ¡Había olvidado lo bien que se siente estando uno enterrado así! —reconoció, para luego retirarse lentamente y, sin llegar a salir del todo, volver a hundirse en sus húmedas y suaves profundidades.

lunes, 29 de julio de 2013

Pasión Desenfrenada: Segunda Parte

Ella alargó la mano hacia la barra y cerró la caja de madera, para luego guardarla de vuelta en su bolso y ponérse éste colgado del hombro. Luego se dejó guiar por él hacía la puerta, abandonando ambos el local, en un incómodo silencio. Fuera, en los aparcamientos, se encontraba el coche oficial de la Guardia Civil. Ambos tomaron asiento sin decir nada en ningún momento y luego él lo puso en marcha.
Jane, ahora más calmada, y por lo tanto, más consciente de lo que estaba haciendo y a punto de hacer, se replanteó las cosas, no sabiendo con certeza si haría bien yéndose con un total desconocido para darse un revolcón con él. Ella, con sus veinticinco años, no era de esas mujeres que se lanzaban a los brazos del primer hombre que le decía <<que ojos más bonitos tienes>>, ni tampoco se tiraba a cualquiera en la primera cita. Y eso que lo de esa noche, ¡no era ni siquiera un cita realmente! ¡¿Qué demonios estaba haciendo entonces? ¿Qué estaría pensando él de ella? ¿Que era una cualquiera? Con un movimiento apenas perceptible de su embotada cabeza, Jane desterró esos insanos pensamientos y complicadas preguntas de su mente, para que dejaran de atormentarla.
    Lo que Jane tenía claro como el agua cristalina, era que hacía más de un año que no mantenía ningún tipo de relación con un hombre y que éste la ponía realmente cachonda, como nunca antes había estado. ¿Sería quizás el morbo de saber que se trataba de un agente de la ley sensualmente uniformado? Jane no lo sabía, pero fuesen  las razones que fuesen la que la llevaron a ser descarada con él y haber accedido a esa locura, la cosa era que lo estaba haciendo y, aunque ni ella misma se lo creía, la pura realidad era que no se arrepentía y que realmente lo deseaba; había llegado la hora de romper su autoimpuesto celibato.
Mientras pensaba en todo eso, con la mirada distraída mirando por la ventanilla del auto, su acompañante redujo la velocidad y con un suave giro del volante, giró en la siguiente calle, a la derecha. Pronto llegaron ante las dos grandes puertas del cuartel de la Guardia Civil. Detuvo el coche para enseñar su identificación a los dos guardias que la custodiaban, y tras un intercambio de saludos, lo puso otra vez en marcha, atravesando las puertas recién abiertas.
Debí suponer que vivías aquí, en el cuartel comentó de pasada Jane para romper el hielo. Él simplemente asintió con la cabeza, sin dejar de prestar atención a la conducción.
Se acercó con el vehículo oficial a unos aparcamientos donde habían otros tantos estacionados, y lo aparcó. Ambos se apearon del vehículo sin comentar nada más, hasta que él dijo con voz seria:
Espera un momento aquí ella asintió y se cruzó de brazos, mientras se apoyaba en el capó del coche y lo veía acercarse a las oficinas.
Tras las ventanas de las mismas, iluminadas con la luz del interior de la instancia, Jane le vio entregarle las llaves del auto a la recepcionista. Ésta le tendió al recién llegado unos papeles, y tras éste leerlos y rellenarlos, se los devolvió junto con una sonrisa. La cincuentona se la devolvió, tomando de vuelta los papeles y archivándolos.
Salió de nuevo para reunirse con ella y cuando estuvo al lado suyo, le hizo un gesto para que lo siguiera. Jane eso hizo, aunque estaba algo incómoda con toda esa situación, pues ahora él se comportaba como distante, sin acercarse siquiera ella, como si el fuego que a ambos les había consumido minutos atrás, se hubiera evaporado y extinguido del todo.
Suspiró con resignación y se dijo, que todavía estaba a tiempo de darse la vuelta y largarse, si veía que las cosas no volvían a ser como antes; No se arrepintió de haberlo seguido, en vez de haberse echado atrás como se estaba planteando esos últimos minutos, pues en cuanto entraron en el ascensor del edificio de cuatro plantas en el que habían ingresado, su acompañante se lanzó nuevamente a devorarle la boca, con un hambre contenido y ahora desatado. Una vez más, ella se dejó hacer, devolviéndole el beso y quemándose de nuevo con su abrasador fuego. 
Notó la fría pared de acero tras su espalda, pero no le importó, como tampoco le importó sentirse acorralada mientras era devorada por aquél macho dominante que la tenía atrapada entre sus garras. Se sentía viva, deseada, como nunca antes se había sentido, y eso, en cierto modo, la aterraba, pero era tal la pasión y la lujuria la que sentía en esos momentos, en sus brazos con las bocas unidas, que no se paró a pensar en ello.
El pitido que avisaba que en breve las puertas se abrirían, rompió la magia. El hombre, del que ni siquiera conocía su nombre, se separó de ella, dejándola con una desagradable sensación de vacío. Jane aprovechó su lejanía, para mirarse fugazmente en el espejo. Se quedó sorprendida, y algo maravillada, al encontrarse con que el mismo le devolvía la imagen de una sonrojada mujer, con la coleta desarreglada, las mejillas ruborizadas y los labios deliciosamente hinchados. Sonrió a la imagen antes de salir del ascensor, tras su futuro amante.
Éste, se detuvo delante de una de las dos puertas que habían en aquella planta, y le dijo que esperase un momento fuera. Aquello la dejó toda extrañada, pero no dijo nada al respecto y obedeció. Lo vio entrar en el piso, después de abrir la puerta, y desaparecer tras ésta, sin cerrarla del todo tras de sí. Curiosa, Jane se acercó a ella y miró por la rendija. Lo vio acercarse a un sofá blanco donde había otro hombre tumbado, y por la cara que gastaba cuando se vio sorprendido por el recién llegado, éste estaba sobando.
¡Hey Max! exclamó con voz soñolienta ¿Que hora es? preguntó mientras se desperezaba y bostezaba de manera descarada.
Son más de las doce de la madrugada le respondió, mientras se ponía a recoger cosas por ahí. Anda, ayúdame a recoger las cosas de Michelle, que tengo visita y no quiero que las vea...
Jane frunció el ceño tras aquella confesión, extrañada de su comportamiento tan raro, y preguntándose quién coño era ese tal Michelle... ¿Su novia quizás?
¿Visita? preguntó el otro con incredulidad, mientras le ayudaba a recoger cosas que habían por el suelo y por encima de los muebles. Jane, desde su posición, no lograba ver qué eran ¿Has traído una mujer a casa? Jane no oyó lo que el otro le decía, supuso que simplemente habría asentido con la cabeza ¡Vaya!, ¡ya era hora que olvidaras a tu esposa y activaras de nuevo tu sexualidad dormida! exclamó con sinceridad, haciendo que Jane se quedara estática, sin saber cómo reaccionar ante tal comentario. "¿Había estado casado? ¿Lo estaba todavía? ¿Debería importarle acaso?, se suponía que él sería un polvo de una noche, ¿no?" Tras estas nuevas preguntas, Jane quedó más confundida todavía.
Shhh le recriminó el otro Baja la voz Sam, está ahí afuera, en la puerta, y puede oírte le regañó.


Tras esa advertencia, Jane no logró escuchar nada más, solamente llegaban hasta ella los sonidos que esos dos hacían mientras seguían guardando aquellas cosas que tanta curiosidad despertaban en ella.
Max, las fotos, no te olvides de ellas dijo ese tal Sam. Unos minutos después, oyó a Max, el hombre que pronto la llevaría a su cama para que se la calentara, decirle:
¿Que tal te ha ido con Michelle?
Bien, algo cansado...  un nuevo bostezo— Ya sabes que ella sabe cómo consumirle a cualquiera todas sus fuerzas y resistencia, pero bien al fin y al cabo respondió con cansancio.
Gracias por todo hermano le dijo Max.
No hay de qué, para lo que haga falta, aquí estoy, ya lo sabes... le respondió éste.
Luego se oyeron pisadas que se acercaban a la puerta. Jane se alejó de ésta con nerviosismo, sin saber con certeza cómo actuar y qué debería hacer. Al final optó por apoyarse en la pared que se encontraba justo enfrente de la puerta, y esperar a ver qué pasaba ahora.
Perdona la tardanza se excusó Max nada más asomar por la puerta, seguido de Sam, un hombre con un enorme parecido con él, pero más menudo y delgado—. He tenido que atender a mi hermano Sam, que se va ya...
          —Encantado de conocerte... dijo el aludido, extendiendo una de sus manos, esperando a que ella dijera su nombre y se la estrechara. 
          —Jane le respondió ella, aceptando la mano que se le ofrecía. Tras la escueta presentación, Sam se giró para enfrentar a su hermano, le hizo un gesto con las cejas, en plan "¡Hermano, que pedazo tía te llevas al huerto!", y tras dedicarle una picarona sonrisa a Jane, ingresó en el ascensor y desapareció de la vista de los dos.
          Una vez solos, un incómodo silencio se apropió de ambos, que se miraban ahora con timidez. Max lo rompió, haciéndose a un lado e invitándola a pasar. Jane, algo azorada con aquella extraña situación tan comprometedora, lo siguió en silencio, mientras la cabeza se le llenaba de preguntas e incertidumbres, pero cuando lo vio de espaldas a ella, sacando un par de copas de uno de los armarios de la cocina americana que había nada más entrar al salón, con aquél uniforme que tan bien le quedaba, ciñéndose en su prieto y hermoso trasero, su mente quedó en blanco y el deseo apenas apaciguado, volvió a resurgir.
          —¿Vino? le ofreció tras sacar una botella sin abrir del frigorífico— ¿O prefieres quizás otra cosa?
          —Sí a las dos preguntas respondió ella juguetona, logrando que él esbozara una sonrisa ladeada.
          —Buena respuesta, veo que los dos coincidimos en lo mismo entonces... le aclaró él mientras llenaba ambas copas con aquél líquido rojizo. Le ofreció una y apoyándose en el borde de la encimera, comenzó a beberse la suya, sin quitarle a Jane el ojo de encima.
          Ésta, ahora algo ruborizada debido al calor sofocante que la estaba consumiendo por dentro, más el verse bajo el peso de su mirada verdosa y debido al vino que se había bebido de un trago, le sonrió tras dejar su copa vacía en el fregadero que estaba al lado suyo, y se acercó a él con andares seductores, meneando las caderas en un vaivén enloquecedor que a Max le robó un jadeo casi inaudible.
          Ante la atenta mirada del Guardia Civil, Jane le arrebató la copa medio vacía, y de otro único trago, se la terminó, para luego dejarla olvidada sobre la repisa de la cocina y tomarlo a él del cuello antes de robarle un apasionado beso. Max no se quedó atrás y saboreó el sabor a vino de sus labios, ahora frescos y embriagadores, mientras le agarraba con firmeza, las nalgas con ambas manos. Ella, en respuesta, tras jadear entre sus bocas unidas, levantó las piernas y las afianzó sobre su estrecha cintura, para dejarlas ancladas en sus caderas; ahora ambos sexos se rozaban mejor y él podía notar su humedad ahí abajo y ella su dureza...
          Cuando ambos se vinieron a dar cuenta, estaban encima de la cama, besándose y acariciándose sin control alguno, dando rienda suelta a la pasión desenfrenada que los absorbía. A Jane no le importaba no haber sido consciente del momento en el que él, llevándola aferrada a él de esa manera tan íntima, la había llevado por el pasillo hasta aquél dormitorio con una enorme cama de matrimonio; Lo único que realmente le importaba era aquél momento mágico que estaban compartiendo.
          —¡Joder nena! rugió Max cuando se separaron lo justo para poder tomar un poquito de oxígeno— ¡No sabes lo caliente que me pones! aquella confesión hizo que Jane mojara todavía más su tanga— Creo que primero debería darme una ducha... ella lo miró extrañada, con los ojos brillantes y dilatados debido a la pasión que la consumía— Llevo todo el día trabajando con este insoportable calor y...
          —Por mí no hace falta que te molestes dijo Jane interrumpiéndole, rezando por no parecer desesperada
          Max negó con la cabeza, se quitó de encima de ella y se puso en pie, cuán largo era. La miró con el hambre por ella todavía dibujado en sus pupilas y le dijo mientras comenzaba a desabrocharse la camisa del uniforme:
           —Créeme, me hace falta... y luego añadió con aquella voz tan ronca por la excitación que a Jane tanto le gustaba:— Voy a usar el cuarto de baño que hay fuera, junto al salón. Si tú quieres, puedes utilizar el que hay ahí señaló una puerta que estaba al fondo del dormitorio.
          Sin decir nada más, salió por la misma puerta por donde minutos antes los dos habían ingresado y la dejó sola, insatisfecha, ardiendo de deseo y totalmente empapada en sus propios jugos. Con un suspiro de resignación, se puso ella también en pie y se fue al cuarto de baño que Max le había indicado y le dio uso a la ducha, pero sin lavarse el pelo puesto que lo llevaba limpio de esa misma mañana.
          Mientras, a unos cuantos metros de su posición, estaba un desnudo y erecto Max, masturbándose mientras se duchaba y gotas tibias de agua se deslizaban por su masculina anatomía. Hacía tanto tiempo que no se desahogaba, que temía no estar a la altura ante aquella apasionada y atractiva mujer que lo ponía a cien, que pensó que sería mejor desfogarse primero antes de ir a su encuentro; Y eso hizo, bombeó su largo eje con decisión, mientras imaginaba que su mano era el sexo de Jane y que su verga se estaba enterrando en ella una y otra vez, una y otra vez...
          Diez minutos después, estaba un medio satisfecho Max, terminando de secarse, para regresar de nuevo a su dormitorio. Pero antes de abandonar el baño, recogió las pertenencias de Michelle y las metió todas en la cesta de mimbre de ropa sucia que había allí, por si acaso Jane se le ocurría entrar en aquél lugar a lo largo de su visita; así, en ese caso, no las vería.

viernes, 26 de julio de 2013

Pasión Desenfrenada: Primera Parte

Cuando el aire fresco del local impactó de lleno contra el rostro acalorado de Jane, esta sonrió para sí misma, agradeciendo que la hamburguesería estuviera, a esas horas de la noche, con el aire acondicionado todavía encendido. Estaban ya a finales de Septiembre y el verano recién había finalizado, pero todavía habían días que el calor era tan sofocante, que se hacía insoportable; y hoy era un días de esos.
   Mientras Jane se dirigía a la última mesa del establecimiento, donde la esperaban sus amigas, iba pensando que había hecho bien en recogerse su largísima melena morena en una coleta de caballo alta, ya que así se sentía más fresca y hacía más soportable el calor, además de acentuar su elegante cuello. Antes de alcanzar su meta, desvió la mirada hacia el reloj digital que había colgado de la pared para comprobar la hora. Eran pasadas las once de la noche. Como de costumbre, llegaba tarde de nuevo. Gracias a Dios, sus amigas la conocían y sabían que era lo que había de esperar de ella, y por eso, seguramente no les tendría en cuenta que se hubiera demorado cerca de media hora.
   Un movimiento, seguido de ruidos de cubiertos procedentes de la barra, donde había un cliente -el único que había en el local aparte de ellas-, llamó su atención. Se trataba de un Guardia Civil que estaba terminándose su cena. Este, presintiendo que le estaban observando, desvió su atención del plato y la miró directamente a los ojos, para luego desviar la vista y recorrerla entera con su curiosa mirada y detenerla de nuevo en su rostro; debajo de su escudriño, se sintió desnuda, como si no llevara puesto encima una camisa blanca, ancha y casi transparente, con unos shorts vaqueros tan cortos, que si de descuidaba, se le verían las mollas de las nalgas. También se sintió algo impactada y gratamente sorprendida al verle de frente, pues no había supuesto que el dueño de aquellas espaldas anchas, cintura estrecha y brazos corpulentos, enfundados en aquél sexy uniforme, pudiera albergar un rostro tan bello y masculino. 
   Algo azorada al verse escaneada por su penetrante mirada, ya que se trataba de un completo desconocido, y, además, de un Guardia Civil nada menos, y con las mejillas algo ruborizadas al sentirse el centro de atención, le sonrió tímidamente con una media sonrisa de esas con la boca pequeña. Continuó su marcha hacia la mesa de al lado, que era donde la estaban esperando sus colegas, siendo consciente de que el apuesto agente de la ley, no le quitaba el ojo de encima en ningún momento.
   Ignorándolo a drede, se centró en sus amigas, que le hacían señas y cuchicheaban en voz baja comentarios del tipo <<¿Has visto Jane que tío más bueno?" ¡Con Guardias Civiles como él, cualquier jovencita se dejaría detener! Lleva poco más de diez minutos aquí, y con su imponente presencia, ¡ya ha logrado que todas mojáramos las bragas!>>
   Mientras sus amigas seguían diciendo chorradas sobre aquél impresionante y atractivo tipo, que tanta expectación había levantado en ellas, Jane hizo señas a su tía Clarisa, que era la dueña del local, para que se acercara a tomarle nota.
   ¡Hola, Clarisa! ¿Que tal ha ido el día? le preguntó cuando la tuvo al lado suyo y tras darle dos sonoros besos en las mejillas.
   Algo flojo la verdad, esperaba más clientela al tratarse de un viernes, pero como son las fiestas del pueblo de al lado, apenas ha habido movimiento alguno comentó. Pero no puedo quejarme tampoco aclaró. Y bueno, ¿que te pongo para cenar? Tus amigas tenían mucha prisa y ya cenaron.
   Clarisa le sonrió con complicidad, y sus amigas se echaron a reír tras el comentario de la mesera, nada ofendidas porque ella les hubiera delatado aquel pequeño detalle. A Jane no le sentó para nada mal que sus amigas hubieran cenado ya sin esperarla siquiera, pues sabía que era culpa suya el haber llegado tarde a la cita.
   ¡Normal! Mira la hora que es y en nada tenemos que irnos a nuestras respectivas viviendas a ponernos guapas, que hemos quedado para salir esta noche a darnos una vuelta por las fiestas para ver si ligamos algo comentó una de ellas, la más descarada de todas. Aunque, con buenorros como ese por la zona, no hace falta irse muy lejos para recrearse una la vista... añadió, señalando con disimulo al hombre en la barra— Me pregunto si tendrá pareja...
   Aunque ella también se estaba preguntando lo mismo, ignoró el comentario de su colega, se centró de nuevo en su tía y después de pedirle una ensalada y un refresco, prestó de nuevo su atención en sus amigas:
   Chicas, centrémonos en lo que nos ha hecho que esta noche nos reuniéramos aquí dijo Jane, trayendo a sus amigas a la Tierra. Luego abrió su bolso y sacó una caja de madera. La dejó sobre la repisa de la mesa y la abrió. Aquí tienen las últimas obras de mi hermana, échenle un vistazo a ver si os interesa algo.
   Mientras sus cuatro amigas ojeaban las baratijas caseras que había hecho su hermana mayor, Jane atacó su cena que recién se la había traído su tía antes de que esta se despidiera y regresara a la barra a terminar de limpiar y recogerlo todo para cerrar en cuanto ellas y aquel agente se fueran.
   Diez minutos después, Jane había cenado y logrado vender tres anillos hechos con alambres de colores y dos colgantes fabricados con cápsulas de cafés reciclados ahora convertidos en originales alijas. Tras la venta, sus amigas se despidieron de ella, pero antes, intentaron de nuevo convencerla para que las acompañara y se fueran con ellas de fiesta. Jane les dijo que se lo pensaría, pero que no creía que las fuera a acompañar, pues tras un día largo de trabajo en la peluquería que regentaba, no le apetecía mucho salir.
Cuando las cuatro jovencitas se fueron resignadas con la certeza de que al final no las acompañaría, y la dejaron sola con la única compañía del Guardia Civil que estaba en esos momentos tomándose un café, se acercó a la barra, al lado de aquél imponente hombre, esperando a que su tía apareciese para pedirle la cuenta de su pedido. Sin decir nada, apoyó la caja sobre la barra, delante suya, y esperó a que Clarisa saliera de la cocina donde se la escuchaba trajinando allí dentro, seguramente, ordenando las cosas antes de cerrar.
   ¿Sabes? Podría detenerte por la venta ambulante sin permiso alguno comentó con sorna y como si nada el agente de la ley que estaba sentado tranquilamente, tan cerca de ella.
¿Ah, sí? preguntó ella juguetona, siguiéndole el juego; se notaba por su tono de voz que el hombre no hablaba en serio y le estaba tomando el pelo ¿Le interesa algo de lo que tengo?
Aunque se suponía que se estaba refiriendo a las baratijas que habían en la caja de madera, él la miró de arriba abajo, evaluándola, como si ella se hubiera referido a otra cosa; ahora era él el que le seguía el juego a ella.
   Puede... su voz profunda se clavó muy adentro de ella y sin poderlo evitar, Jane se estremeció internamente Pero me pregunto yo... ¿Estás acaso intentando sobornarme para que no la detenga, señorita? la miró directamente a los ojos, con su verdosa mirada, perdiéndose en los negros de ella.
   ¿Yo? Con lo buena que soy señor agente, ¿cómo puedes creerme capaz de algo así? sabía que estaba flirteando con él, y en cierto modo, no le importaba y al mismo tiempo, le gustaba. Hacía muchísimo tiempo que no hacía algo así y encima, que disfrutara tanto haciéndolo. Ante su mirada, abrió la caja y se la puso delante, para ver qué hacía ahora él ante tal reto.
   ¿Todo lo que tienes son complementos para mujeres? ella afirmó con la cabeza—. En ese caso, no me interesan, no tengo a quién regalárselo.
   "Bien", pensó Jane y dedujo por su respuesta, que estaba soltero entonces. Una rápida mirada a sus manos y Jane comprobó que no tenía ningún anillo en sus dedos masculinos, prácticamente confirmándole así lo que sospechaba; "vía libre entonces", caviló de nuevo. Sonrió más para sí misma y le dijo, para su propia sorpresa:
   Creo, señor agente, que he de ser sincera con usted y confesarle que le he mentido él sonrió en respuesta, pero no dijo nada. No he sido una niña buena tras unos breves aleteos de pestañas, se acercó más a él, olvidándose de la caja de madera, de su contenido y de incluso del lugar público en el que se encontraban; uno que estaba ahora mismo vacío y sin su tía presente. Realmente he intentado comprarlo con estas baratijas, aunque veo que de poco ha servido confesó señalando la caja, mientras rozaba adrede su costado izquierdo con el brazo musculoso derecho del hombre, que la miraba con intensidad. Creo que deberías detenerme en consecuencia, por infligir tantas infracciones susurró con sensualidad, extendiendo los brazos y ofreciéndoselos para que le esposara las muñecas.
   Para ello, antes tendría que cachearla dijo él en respuesta, recorriendo con su ardiente mirada los brazos expuestos de ella, tentando en hacer justamente lo que la mujer le pedía. Se acomodó mejor en el taburete, ya que su reciente erección le incomodaba, mientras esperaba su respuesta.
   Jane le sonrió de nuevo, y animada por la trayectoria que estaba tomando la conversación, bajó los brazos, apoyó las palmas de las manos sobre la barra, se echó ligeramente hacía adelante rozando el borde de la misma con sus pezones cubiertos por la ropa -ahora erectos por la excitación-, y separó las piernas.
   En ese caso, proceda señor agente... lo animó con coquetería. Se sentía lujuriosa, desenfrenada, con ganas de ver hasta dónde les llevaría aquél peligroso juego; Solo esperaba no acabar quemándose.
   El desconocido echó suavemente para atrás el taburete, y tras cerciorarse de que no había nadie en el lugar presentando el juego de seducción al que estaban jugando los dos, se puso detrás de ella, presionando su notable erección contra el trasero de la joven, ahora algo repantigado debido a la postura sumisa que había adoptado.
   Jane ahogó un gemido cuando sintió aquella dureza presionándose contra sus nalgas. Y cuando el hombre comenzó a palpar su cuerpo con sus ágiles y calientes manos, creyó que se desharía en un charco líquido de lo húmeda que se estaba poniendo por segundos; y eso que él solamente la estaba tocando como un profesional lo haría, sin tocar más de lo debido o permitido. Aunque lo cierto era que sus gestos eran más lentos de lo normal y con un toque sensual, lleno de promesas, que prometían una noche loca de pasión.
   Él se inclinó más hacia su curvada espalda, apoyó su mentón en su delicado hombro izquierdo y le susurró muy cerca del oído:
   Lástima que no esté de servicio y no pueda llevármela detenida... fingió sentir pena—. Aunque para ti, supongo que eso es un gran ventaja, ¿no?
   No sabría decirle señor agente ronroneó, rozando a drede su mejilla con la de él, notándola algo rasposa por la incipiente barba que comenzaba a asomar, oscureciéndosela. Me había hecho a la idea de que saldría de aquí con usted... confesó descaradamente, sin medir el peso de sus palabras ahora con la lujuria que se había apropiado de ella cuando él le habló por primera vez, totalmente desatada y apropiándose de ella.
   Él se separó de ella sin decir nada, y por un momento, Jane creyó que lo había estropeado todo con su atrevido comentario, pero cuando él la sujetó de los hombros y la obligó a darse la vuelta, para luego agarrarla por la cintura y estrecharla contra su cuerpo, antes de apoderarse de sus labios, supo que no había sido así y que había conseguido su objetivo: seducirlo.
   Dejó que su hambrienta lengua jugara con la suya en un duelo de voluntades. Respiró su aliento, bebió de sus labios, saboreó su masculino sabor y se embriagó con su adorable olor a hombre. Sin pensarlo siquiera, sus pequeñas manos cobraron vida propia y se perdieron en su cuello para ir a parar a su nuca, para aferrarse más a él y tenerlo así más cerca de su sedienta boca. Él continuó con su firme agarre sobre su diminuta cintura, atrayéndola más hacía él para que notara lo excitado que estaba por su culpa.
   Cuando ambos se separaron para tomar aire, varios intensos minutos después, y llenar sus pulmones de oxígeno, él le susurró:
   ¿Hay algún hotel cerca...? su voz sonaba ronca por la excitación. Era nuevo en el pueblo, recién destinado allí, donde vivía su hermano pequeño desde hacía un par de años, y todavía no conocía muy bien la zona. 
   Ella negó con la cabeza.
   Podríamos irnos a mi piso, pero lo comparto con mi hermana mayor y precisamente esta noche, tiene invitados... confesó con voz lastimera, ahora con la respiración un poco más controlada, pero todavía algo jadeante.
   ¿Donde podríamos entonces...? preguntó con un brillo resplandeciente en su mirada color del musgo, sin terminar de hacer la pregunta.
   ¿En la tuya? inquirió ella esperanzada.
   No creo que sea buena idea respondió él negando con la cabeza, pero sin dar ninguna explicación al respecto ¿Donde lo hacen entonces los jóvenes? preguntó curioso.
   Que yo sepa, normalmente se lo montan en la parte trasera de un coche en algún descampado... apoyó las palmas de sus manos sobre su pecho musculoso y las deslizó de arriba a bajo, acariciándolo y deleitándose con el tacto firme y duro que sentía debajo de ellas antes de añadir—: Yo no dispongo de uno, y si tú tampoco, entonces tendremos que olvidarnos del tema encogió los hombros fingiendo derrota y resignación, y se giró dispuesta a tomar sus cosas de vuelta y marcharse, pero él la agarró de la muñeca izquierda y la detuvo.
   Está bien, vayámos pues a mi piso dijo resignado, pero con el deseo todavía impregnado en su mirada. Jane asintió y él le sonrió de vuelta. Luego sacó un billete de veinte euros y lo dejó en la barra ¿Crees que con esta cantidad será suficiente dinero para pagar ambos servicios?
   No hace falta que pagues lo mío se quejó ella.
   Lo sé, pero me apetece hacerlo Jane no se lo discutió—. ¿Crees que será suficiente entonces?
   Creo que incluso le sobra señor, pero no se preocupe, mañana hablaré con Clarisa y si falta algo o lo que sea, ya me las veré yo con ella.
   Bien, en ese caso, en marcha la agarró de nuevo por la cintura y tiró de ella para pegarla a su cuerpo.